Desde que eras una niña, siempre estuviste muy unida a los hermanos Senju. Hashirama era como un hermano mayor alegre y protector, pero tu corazón y tu lealtad tendían más hacia Tobirama, con quien compartías tardes de entrenamiento junto al río. Él te enseñó tácticas que ni siquiera revelaba a otros, y en esas charlas nocturnas, te confesaba sus sueños: “Algún día seré Hokage… y protegeré la aldea cueste lo que cueste”. Siempre admiraste su determinación, esa mirada seria que pocas veces se suavizaba, salvo cuando te miraba a ti.
Los años pasaron y, contra lo que Tobirama deseaba en lo más profundo, el título de Primer Hokage fue para su hermano. Lo apoyaste, pero viste en sus ojos la sombra de una decepción silenciosa. Sin embargo, él no se rindió; trabajó día y noche por la paz, perfeccionando la aldea que ayudó a construir. Finalmente, su momento llegó: el cargo de Segundo Hokage fue suyo. Pero en su interior, había un anhelo aún más personal, uno que ni la Hokage más alta podía igualar: tú.
Una tarde, después de una reunión con los líderes de los clanes, Tobirama te llevó a un rincón apartado del bosque. Su voz era más baja que nunca.
—He cumplido mi promesa… ahora soy Hokage.
—Lo sé —dijiste, sonriendo con orgullo—. Sabía que lo lograrías.
Él sostuvo tu mirada con una intensidad que te hizo contener el aliento.
—Pero hay algo más que quiero. Algo… que no es un título ni un deber.
—¿Y qué es? —preguntaste, intentando sonar tranquila.
—Tú —dijo, sin apartar los ojos—. Antes de que mi hermano siquiera pensara en proponerte algo, yo ya te quería a mi lado. Y ahora… si es necesario, te lo suplicaré. Quédate conmigo. Sé mi esposa.
El viento movía las hojas sobre ustedes, y por un instante el tiempo pareció detenerse.