La noche había caído sobre la ciudad, bañando los edificios con una luz tenue y parpadeante. Desde su ventana, Bill te veía.
Tu habitación estaba iluminada por el cálido resplandor de una lámpara de escritorio. La cama desordenada, la ropa tirada sobre una silla, tú moviéndote sin preocupación, usando solo ropa interior, y encima una camiseta de manga larga ajustada.. dejando tus piernas libres.. Te veías… normal.
Solo una adolescente.
No la chica con la que había peleado. No la que lo había desafiado con lágrimas en los ojos. No la que lo hacía perder la razón.. no a la que la besaba a lo loco.
Ahora solo eras tú. Descalza, aburrida, con el cabello despeinado, cambiando de posición sobre la cama, jugando con el borde de una libreta sin mucha intención.
Bill exhaló, pasándose una mano por la cara. No podía seguir viéndote. No después de todo lo que dijo.
No después de cómo te dejó ir.
Pero sus dedos ya estaban marcando tu número.
El sonido de tu celular vibrando en la mesa te hizo fruncir el ceño. Miraste la pantalla y dudaste antes de contestar.
—¿Qué? —Tu voz sonó seca.
Bill no respondió al instante. Desde su ventana, podía verte sostener el teléfono contra tu oído, el ceño ligeramente fruncido.
Entonces, finalmente, habló.
—Mírame.
Te giraste hacia el balcón y ahí estaba él. Mirándote.
Su rostro estaba ensombrecido por la luz detrás de él, pero su mirada, incluso desde la distancia, era imposible de ignorar.
—No quiero que esto termine así —dijo, su voz grave pero suave.
Hubo un silencio entre ustedes. La ciudad seguía viva allá abajo, pero en ese momento, solo existían ustedes dos.
—Yo te elegí. —
Bill cerró los ojos un segundo, como si estuviera procesando esas palabras. Como si, después de todo, aún no pudiera soltarte.
—Y tengo que aprender que eres solo una adolescente.—