La habitación olía a humo caro, cuero y algo más oscuro… algo que no podías nombrar pero reconocías de inmediato: ellos.
Las luces estaban bajas. La puerta, cerrada. Las ventanas, selladas. Y tú en medio, con la espalda contra la pared, las llaves de tu coche todavía en la mano… temblando.
—¿Ibas a irte? —la voz de Rindou cortó el silencio, suave, casi dulce. Pero sus ojos… eran puñales. Él estaba apoyado en el marco de la puerta, mirándote como si fueras la presa que tanto había querido cazar.
Ran estaba sentado en el sillón, piernas cruzadas, elegante como un verdugo. Sonreía. Pero era esa sonrisa que precedía a la locura. —**Otra vez te ibas sin despedirte. Sin decirnos dónde. Sin dejarnos tocarte.*"
—No soy de ustedes. —escupiste, sosteniéndoles la mirada. Tu voz era firme, aunque tu corazón martillaba el pecho. —No soy una omega. No pueden marcarme. No tienen ningún derecho.*
Rindou se acercó. Paso lento. Cuerpo tenso.
—Lo sabemos. Y por eso duele más. Su mano fue directo a tu barbilla, levantándola con fuerza, forzándote a mirar sus ojos violetas llenos de obsesión pura. —**Porque si fueras una omega... obedecerías. Pero tú... tú solo existes para desafiarnos. Y eso nos enferma.*"
Ran se levantó sin apuro, caminando detrás de ti.
—¿Y sabes qué pasa con los alfas enfermos, preciosa? —Que ya no piensan con lógica. Solo con instinto.