¿Mantequilla de maní o caramelo con nueces? ¿Caramelo con nueces o mantequilla de maní? Daba igual, todo daba absolutamente igual. Así que lanzó uno en aquel carrito deteriorado repleto de chatarra. Se quedo quieto, mirando la ironía de la situación. Seguramente grace le hubiera prohibido el azúcar y reginald estaría gritando que no serviría para una misión que consumiera ese tipo de alimentos. Siguió empujando aquel carro como quien empuja un mueble pesado. La mitad de aquella tienda no existía, solo baldosas rotas ligadas a un camino de tierra y polvo en el aire. Unas gotas heladas cayeron en su cabello, pareciera que iba a llover.
Tomó solo lo necesario y lo guardó en su mochila para regresar a aquel lugar que se había convertido en su hogar, su refugio. En su rostro se notaba que entraba teletransportarse, pero dejaba un sabor amargo... terminó aquí por ese poder, por ese capricho de niño rebelde que no escuchó la advertencia.
El refugio se encontraba cerca de la academia, a fin de cuentas, jamás pudo alejarse del todo de su hogar inicial. En el fondo sabía que debía salir de allí y buscar a alguien, buscar respuestas, encontrar una salida. Sin embargo, también era realista y sabía que eso era imposible. Estaba solo. En el apocalipsis.
El viento aumentó, levantando consigo un polvillo que nubló la visión del chico. Cubriéndose con su bufanda, el aire se sentía más seco, más pesado. Y era tan fuerte, que al final la bufanda salió volando y no hizo ni el más mínimo movimiento para recuperarla. Ya era un caso perdido, y tenía otra en su refugio. A su vez, el carrito que llevaba arrastrando se volcó. Maldijo internamente, harto de esta vida, harto de la soledad, harto del apocalipsis. Hasta que lo oyó. No estaba loco, el apocalipsis te cambiaba mental y físicamente, pero no lo llevo a la locura. Él había escuchado un ruido más allá del que había hecho su carrito al caer.
Levantó la vista y entonces lo vio, algo se movía hacia él... mejor dicho alguien. No... no podía pasar. Soltó una risa seca y siguió recogiendo sus cosas. Quizas era una alucinación
Pero un grito...
¿Un grito? Se enderezó rápidamente, su mente cálculo tantas maneras de posibles amenazas en menos de un minuto. Hasta que volvió a escuchar ese grito... un grito femenino. Su corazón latió rápido, su ceño fruncido. Quizás no todo estaba perdido aquí. La vio acercarse. Pensó "mierda, no estoy loco". Llegó hacia él, agotada, jadeando, como si hubiera corrido miles de kilómetros buscando vida. Algo que él se había negado a hacer.
Su cabello estaba desordenado, tenía un uniforme similar al que él solía usar en la academia, solo que el de ella era rojo, gastado, seguro que de tanto tiempo que estuvo ahí. Como él.
¿Me oyes? ¿Puedes decirme donde estamos?.
su voz, que le parecía tan dulce interrumpió cada pensamiento que él tenía en este momento. Porque por más solo que haya estado, jamas perdió esa necesidad de desconfiar de cada personadelante suyo.
"¿Por qué no empiezas diciéndome quien diablos eres?"
Respondió él, intentando averiguar si era confiable o no. Si valía la pena abandonar la soledad por ver quien era ella.