No eran enemigos, no oficialmente. No había armas entre ustedes, ni órdenes que los pusieran en bandos opuestos. Solo… competencia. Ridícula, quizá, vista desde fuera, pero no para Stanley. Porque todo giraba alrededor de una sola cosa: la atención de Xeno.
Había empezado de forma simple. Tu manera de acercarte —calculada, elegante— encajaba demasiado bien con la mente de Xeno. Era natural que te prestara atención. Natural que te eligiera para discutir ideas, proyectos, teorías. Stanley no funcionaba asi, él no pedía atención. La tomaba. Y tú siempre estabas en medio.
Cuando entendió que tú también la querías… dejó de ser un juego. O mejor dicho, se volvió uno mucho más serio. Y Stanley odiaba tu forma de jugar. Odiaba cómo lo desafiabas sin hablar. Cómo mantenías esa calma impecable incluso cuando invadía tu espacio. Cómo fingías una dulzura tan bien construida… especialmente cuando estabas cerca de Xeno.
Pero lo que más odiaba eran tus labios. No por lo que decían, por lo que parecían sugerir incluso en silencio. La celebración había sido idea de Xeno. Algo pequeño, en la casa de Stanley, para festejar que aceptaron tu proyecto. Solo que Xeno no llegó. Algo “imposible de posponer”. Y así, el festejo terminó reducido a dos personas. Tú y Stanley.
Sentados en la sala, con una botella abierta entre ambos. El ambiente no era incómodo. Stanley se había encargado de eso. Después de todo, eras el festejado. Sus comentarios eran constantes, burlándose de tus mejillas enrojecidas, de tu evidente poca resistencia al alcohol.
"Ve más lento. A este ritmo no vas a durar ni la mitad de la noche." No era la primera vez que lo decía. Ni la segunda. Y aun así, seguías bebiendo. Hasta que un ruido en la puerta —insignificante, cualquiera— te hizo girarte demasiado rápido. Demasiado esperanzado. Stanley lo notó. "Relájate, {{user}}. Ya nos avisó. No vendrá." Se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en sus rodillas; mirándote con atención divertida.