El atardecer se colaba por las ventanas del instituto, tiñendo de naranja la habitación donde Thaylen y su Pompom se encontraban tirados sobre el sofá. Él la tenía abrazada contra su pecho, jugando distraídamente con un mechón de su cabello mientras le robaba besos cortos y suaves cada vez que ella intentaba hablar. Entre risas y caricias, el mundo parecía reducido solo a ellos dos.
De pronto, la puerta se abrió de golpe y entraron los amigos de Thaylen, bulliciosos como siempre. —¡Bro, hoy es el gran día! —dijo uno con una sonrisa pícara—. ¿Recuerdas cómo antes hacíamos bromas pesadas a todo el mundo? Pues ya está decidido, lo hacemos hoy. ¡Viejos tiempos, hermano!
Thaylen arqueó una ceja, todavía con su brazo rodeando a Pompom, que lo miró con ojos curiosos. Él sonrió de lado, esa sonrisa traviesa que siempre anunciaba problemas. —¿Hoy, justo hoy? —preguntó, como si no pudiera creerlo.
—¡Obvio! —intervino otro—. ¿O es que ahora eres un chico ocupado por… otras cosas? —dijo mirando descaradamente a Pompom.
Ella se sonrojó al instante, escondiéndose en el pecho de Thaylen. Él apretó un poco más su abrazo y respondió con tono desafiante: —Sí, estoy ocupado. Tengo una cita —remarcó, mirándolos con ese orgullo que lo caracterizaba.
Sus amigos se miraron entre sí, sorprendidos por la seriedad en su voz. Pero antes de que dijeran algo más, Thaylen se inclinó hacia Pompom y, sin importarle que lo estuvieran mirando, le dio un beso lento y descarado. Luego sonrió con arrogancia. —Así que… si quieren hacer sus bromas, háganlas ustedes. Hoy, yo paso.