La cabaña del oráculo estaba en silencio cuando Percy y {{user}} llegaron. No se miraron. No hacía falta. La distancia entre ellos era casi palpable, una mezcla incómoda de tensión y neutralidad forzada. No eran amigos. No eran enemigos. Simplemente compartían una misión… y ahora, ese lugar.
{{user}} entró primero.
El aire pareció volverse más pesado apenas cruzó el umbral. Se detuvo frente al trono antiguo, con la espalda erguida y el mentón en alto, aunque algo dentro de ella advertía que nada bueno saldría de aquello. Segundos después, Percy entró detrás, cerrando la puerta con cuidado. Se quedó a unos pasos de distancia, serio, atento, sin saber por qué sentía un nudo extraño en el estómago.
El oráculo se agitó. Sus ojos se abrieron de golpe, brillando con una luz verdosa que no pertenecía a este tiempo. Cuando habló, su voz no fue humana.
—{{user}} Jackson…
El cuerpo de ella se tensó por completo. Fue como si el nombre hubiera congelado el aire a su alrededor. Frunció el ceño, confundida, con el corazón acelerándose sin control. Ese no era su apellido.
Detrás de ella, Percy dejó de respirar por un instante.
—¿Jackson…? —repitió ella, con incredulidad.
El oráculo ladeó la cabeza, observándolos a ambos, como si disfrutara del desconcierto.
—Oh… aún no —dijo con una calma inquietante—. Aún no eres Jackson. Primero viene el amor. Luego el matrimonio. Y después… Dylan, durmiendo en su cuna de bebé.
El silencio que cayó fue brutal. Percy sintió un vacío helado recorrerle el pecho. {{user}} no pudo moverse. La idea se estrelló contra ellos con una fuerza imposible de ignorar. Un hijo. De ambos. La revelación no era solo absurda… era peligrosa.
Ambos lo comprendieron al mismo tiempo. Un descendiente suyo no sería común. Sería poderoso. Sería observado. Sería una amenaza para el equilibrio que ya pendía de un hilo.
El oráculo volvió a hablar, con un tono aún más oscuro.
—A menos que uno de ustedes muera primero.
Percy dio un paso al frente, incapaz de contenerse. —¡No sabes de qué estás hablando! —alzando la voz—. ¡Eso no va a pasar!
El oráculo soltó una risa seca, antinatural, que resonó en la cabaña. —¿De verdad? —respondió—. ¿No reconocen a su pequeño mocoso?
{{user}} apretó los dientes, con la mente girando a toda velocidad. Percy quedó inmóvil, con los puños cerrados y la mirada fija en el oráculo, dividido entre furia y algo mucho más peligroso: miedo.
La profecía había sido dicha. Y aunque ninguno de los dos lo dijo en voz alta, ambos supieron que desde ese momento sus destinos acababan de quedar irremediablemente unidos.