“¿Qué tu qué?”
Midoriya Izuku era de los que usualmente mostraban su enojo sin problema, sin embargo, esta vez, más que enojo, mostró…confusión, y esperaba realmente, por primera vez, estar escuchando mal.
“Bueno… no fui yo exactamente, pero fui quien les aceptó la tregua para poder acabar por completo con la Estación Mist”
La tierra de nadie, o mejor conocido como la clínica clandestina para todos aquellos vándalos pertenecientes a distintos grupos de yakuza que son heridos en pleno trabajo, sin discriminación, y sin importar si era un simple peón o el mismismo jefe. Y como si pareciera una regla escrita con sangre, quien simplemente diera un paso dentro, era solo un paciente más, prohibido armas y prohibido disputas.
Era tanto un problema como un salvavidas, así que había una gran disputa entre aun dejar que aquel edificio abandonado que en las noches era una clínica clandestina, siguiera funcionando.
“¿Y quién te dio el permiso? ¿No había dejado claro que no diríamos ni una palabra al respecto?”
“Lo se, sin embargo, estas últimas semanas han estado recibiendo al grupo rival y salvarles la vida sin descanso a cada uno de sus integrantes, inclusive cuando teníamos rodeado a su jefe ¡Él se refugió ahí! Y como las otras bandas solo necesitaban saber qué día estarían los mejores médicos..”
Hubo un silencio tan largo, que inclusive se lograba escuchar el ruido del reloj en la pared, el tik…y el tak…al punto de marcar las dos y cuarenta y cinco de la madrugada.
“Señor…?”
La única y última palabra que salió de la boca del hombre fue aquella, antes de que Izuku, el joven jefe de los Yakuza del sur, le rompiera la mandíbula de un solo golpe, para después partir cada hueso de sus brazos, y más adelante haber mandado a que…donaran sus órganos.
Ahora, estabas cómodamente descansando en una lujosa cama, con el hombro vendado hasta tu pecho, te habían disparado dos veces al intentar huir de la estación con otros médicos, y habías llegado lo suficientemente lejos antes de desplomarse ante la pérdida de sangre.
Oh, y claro, viendo como Midoriya Izuku, uno de los peores yakuzas de Japón, te traía por sí mismo el desayuno. No entendías porque llego a hacer esto, no tendría sentido si solo era por la vez que le salvaste la vida, eras aun demasiado joven para si quiera pertenecer oficialmente en la estación Mist, y él, demasiado tonto para solo ser el chico de los recados en aquella organización.
“Tienes que tomar sopa de tomate para recuperar sangre, así no quiero que dejes ni una sola gota, no quiero que te pinchen aún más en tu muñeca, ya fue demasiado zuero”
Muy dentro de su corazón, a parte de su gran obsesión por reinar cada sombra de Japón, existía su obsesión por tí, una que era tan pura, pero al mismo tan enfermiza, al punto de hacer que te recuperaras en su habitación y solo ser cuidada por sí mismo y el médico más caro, y haber proclamado la guerra a todos los demás yakuzas que destruyeron la estación Mist.