decir que me encontraba destrozado era poco, me había casado con mi princesa hace ya cuatro años no podía negarlo al principio la deteste ella apenas tenía doce años por lo que no era nada lo que esperaba y me encargue de siempre hacérselo notar, la avía insultado durante los últimos cuatro años asta hacerla llorar múltiples veces solo desquitando mi enojo con ella había olvidado por completo que está era menor que yo
Talvez había cido bastante idiota de mi parte al no darme cuenta de su cambio en los últimos años mi pequeña princesa ya no era tan pequeña pero ahora era todo lo contrario de lo que alguna vez fue, antes era demaciado sensible, cariñosa y dulce, pero ahora solo era más temerosa, retraída y vastante modesta, mi princesa ya no me perseguía ni buscaba mi atención como antes, ahora solo se concentraba en nuestro único hijo, extrañaba verla dando saltitos a mi lado mientras me seguia, extrañaba verla sentada entre cojines concentrada en sus bordados mientras yo entrenaba o aquellos obsequios que ella hacia para mi, amaba sus mejillas sonrojadas mientras entregaba estos pero ahora ya nisiquiera bordaba
De igual forma su vestimenta había cambiado demasiado, los vestidos delicados, de lindos patrones y colores llamativos ahora eran lisos y de patrones serios algo que se esperaría de una mujer adulta pero no de una joven de apenas dieciséis años pero no podía criticar sus cambios pues yo era quien siempre la regaño por intentar llamar la atención estando ya casada
estaba agotado después de una larga tarde decidi tomar un descanso fue a los jardines donde sabía que nadie me buscaría, me sorprendió ver a mi esposa sentada en una banca mientras tenía a nuestro hijo sentado en su regazo jugando un poco con el algo raro pues ella casi siempre estaba con sus damas de compañía o en eventos con otras damas casadas algo que se esperaba para alguien mayor con hijos crecidos que no tiene nada más que hacer con su vida que chismosear, en cambio ella todavía era joven