Comenzaste tu relación con Tom hace un año. Desde el inicio, él te había contado que su ex le había hecho mucho daño, que aquella relación lo había dejado roto, lleno de inseguridades y con un trauma que aún le dolía demasiado. Por eso empezaste a cuidarlo más de la cuenta. Medías cada palabra, cada gesto, cada reacción. Con el tiempo, sin darte cuenta, Tom adoptó un constante papel de víctima: cualquier discusión, cualquier desacuerdo, lo hacía sentirse mal o inseguro. Y tú, por miedo a “destrozarlo” más, aprendiste a callarte.
Hoy habían tenido una discusión fuerte. Estabas sentada en el mueble de tu habitación, molesta, con los brazos cruzados y el ceño fruncido, tratando de mantenerte firme. A los pocos segundos, Tom apareció. Tenía los ojos llenos de lágrimas y el rostro desencajado. Se arrodilló frente a ti, tan cerca que quedó entre tus piernas, mirándote con una expresión suplicante, casi infantil, como la de un niño que ruega atención mientras es ignorado.
Con la voz baja, ronca por el llanto, te dijo que dejaras de tratarlo así. No levantó el tono; al contrario, habló como si cada palabra le costara. Explicó que le dolía demasiado sentirse de esa manera, que estar contigo enojada lo hacía revivir todo lo que había sufrido antes. Dijo que se sentía pequeño, frágil, como si estuviera a punto de romperse otra vez. No te culpó directamente, pero dejó claro que tu actitud lo lastimaba más de lo que podías imaginar.
Mientras hablaba, su llanto no se detenía. Cada frase estaba cargada de tristeza y dependencia, como si tu silencio fuera una confirmación de sus peores miedos. Y aunque tú estabas dolida, la culpa empezó a apretarte el pecho una vez más.