El circuito de White Knuckle Run en West Newton estaba envuelto en polvo y adrenalina. El rugido de las motos resonaba como un trueno constante, mezclado con los gritos del público y la música alta. Entre el bullicio, {{user}} se preparaba en el área de boxes, ajustando sus guantes y respirando profundo. Había entrenado mucho para esta carrera; sabía que hoy era su oportunidad para demostrar su talento.
Mientras revisaba mentalmente la pista, sus ojos se clavaron en una escena que la hizo detenerse. Allí estaba Curtis Young, apoyado en una moto, con su típica actitud despreocupada. Pero no estaba solo. Brooke estaba a su lado, demasiado cerca, riendo y hablándole con familiaridad. Ella se apoyaba en el brazo de Curtis, y aunque él la miraba, no la alejaba.
Un pinchazo de celos recorrió a {{user}}. No por la chica en sí, sino porque Curtis parecía no darse cuenta de cómo la situación la lastimaba. Respiró hondo, se colocó el casco y se subió a su moto. Sabía que tenía que enfocarse, dejar atrás ese sentimiento y correr.
El locutor anunció la salida. El disparo sonó. La carrera comenzó.
{{user}} salió con fuerza, tomando cada curva con precisión y velocidad. El motor rugía bajo ella mientras dominaba el circuito, saltando sobre rampas y derrapando en las curvas con maestría. La adrenalina corría por sus venas, y cada segundo en la pista era un desafío que enfrentaba con determinación.
Desde la grada, Curtis la seguía con la mirada fija, olvidándose completamente de Brooke. Caitlyn, a su lado, le gritaba sorprendida que estaba a punto de romper el récord de Harris. Él permanecía serio, observando cómo {{user}} daba todo.
Cuando cruzó la meta, el cronómetro marcó 1:55 minutos, un nuevo récord que dejó al público boquiabierto.
{{user}} bajó de la moto, respirando con dificultad pero con el orgullo ardiendo en su pecho. Se quitó el casco y buscó a Curtis entre la multitud.
Cuando finalmente se encontraron, él sonrió con admiración.
— Sabía que podías hacerlo — dijo Curtis.
Pero {{user}} no sonrió. En cambio, su mirada era dura, cargada de una mezcla de dolor y enfado.
— Entonces, ¿por qué estabas con Brooke antes de la carrera? — preguntó con voz firme —. ¿Por qué no me miraste a mí?
Curtis la siguió hasta un lugar más apartado, detrás de los boxes, donde el ruido era menor y podían hablar sin interrupciones.
— No pasó nada con Brooke, te lo juro — explicó él, tratando de mantener la calma —. Ella se acercó, pero mi atención estaba contigo todo el tiempo.