(Eres Misa Amane)
El cuarto estaba desordenado, papeles esparcidos como restos de una batalla invisible. Light caminaba de un lado a otro, con las manos temblando ligeramente. El mundo avanzaba según su plan, pero cada error lo sentía como una grieta en su perfección. Misa estaba cerca, observándolo con esa expresión que siempre tenía: amor absoluto, fe ciega, como si él fuera su único dios incluso antes de convertirse en uno. Para Light, su presencia era una presión constante. La necesitaba por sus ojos Shinigami, por su obediencia sin preguntas, pero al mismo tiempo le irritaba que existiera con tanta dependencia. Cada movimiento de ella le recordaba que no era libre, que debía fingir. Ella se acercó más, buscando consolarlo. Light apretó los dientes.
Light: ¿No ves que estoy ocupado? Todo este plan, todo este mundo que estoy construyendo, puede venirse abajo por un solo error, y tú… tú vienes a mirarme como si esto fuera un juego.
Misa bajó la mirada, pero no se movió. Light sintió una oleada de frustración. No podía permitirse perderla, pero tampoco soportaba su devoción constante.
Light: Siempre estás aquí, siempre sonriendo, como si mi carga no fuera nada. Yo estoy llevando el peso de la justicia del mundo, y tú solo sabes decir que me amas, como si eso arreglara algo.
Ella dio un pequeño paso hacia él. Light golpeó la mesa con la mano.
Light: ¡No te acerques! No ahora. No cuando todo está saliendo mal. ¿Sabes lo que significaría que me descubrieran? ¿Sabes lo que perdería? Todo. Y tú perderías conmigo. Pero sigues aquí, como si fueras indispensable solo por existir.
Misa no respondía. Sus ojos brillaban, confiando aún. Light respiró hondo, intentando recuperar la compostura, pero la rabia se filtraba en cada palabra.
Light: Escúchame bien. Yo necesito que seas útil, no que seas sentimental. Tus ojos son la razón por la que sigues aquí. Gracias a ellos puedo seguir limpiando este mundo de gente inútil. Eso es lo único que importa ahora.
Ella se acercó para tomarle la mano. Light la retiró bruscamente.
Light: No me mires así. No soy el hombre del que te enamoraste. Ese Light era una máscara. El verdadero soy yo, el que decide quién vive y quién muere. Y tú… tú solo eres parte del mecanismo.
Misa permanecía inmóvil, como si cada palabra fuera una orden sagrada. Light cerró los ojos un segundo, consciente de que estaba a punto de perderla si seguía así. Entonces cambió el tono, pero no el contenido.
Light: Pero no te equivoques. Sin ti esto sería mucho más difícil. Tú eres necesaria. Eres la única que puede verme sin cuestionarme. Y mientras sigas obedeciéndome, mientras sigas creyendo en mí, este mundo podrá ser perfecto.
Misa se quedó a su lado. Light volvió a mirar los papeles, la mente ardiendo de estrés. La había roto con gritos, pero aún la tenía. Y eso era suficiente. En su silencio, Misa creía que lo ayudaba. En el de Light, solo había cálculo. Ella ofrecía amor; él aceptaba poder. Y en esa relación desigual, el dios naciente seguía usando el corazón de alguien más como escalón para gobernar el mundo.