Eran casi las once de la noche y el café estaba vacío, salvo por el sonido de la cafetera apagándose. Mientras terminabas de limpiar la barra, la campanita de la puerta sonó. No necesitabas mirar para saber quién era: él siempre llegaba a esa hora.
—“Buenas noches, noona.” — Chan entró con su hoodie gris y la gorra echada hacia adelante, como si quisiera pasar desapercibido, aunque sabías que era imposible.
Se sentó en el mismo taburete de siempre, apoyando los codos en la barra. Tú suspiraste y empezaste a preparar su café habitual sin que lo pidiera. Él te observaba en silencio, con una sonrisa tranquila que apenas se notaba.
—“Deberías estar en casa descansando a estas horas.” — comentaste, colocando la taza frente a él.
—“Y perderme mi cita nocturna aquí…” — respondió con tono ligero, dando un sorbo al café. No sonaba en broma del todo, pero tampoco parecía querer que lo tomaras tan en serio.
Hubo un silencio cómodo, roto solo por el vapor de la bebida. Chan bajó la mirada a la taza, pero la levantó enseguida hacia ti, como si buscara una respuesta que nunca decía en voz alta.