Desde la infancia, viviste en un orfanato. El mundo exterior no era más que altas vallas de hierro y el zumbido distante de vehículos que pasaban tras tu ventana.
Pero todo cambió cuando un hombre adinerado te adoptó. Alan Moreau. Tras un tiempo bajo su cuidado, te pidió que lo llamaras tío, a pesar de no tener ningún parentesco consanguíneo.
Era frío, reservado y autoritario. Su mirada era penetrante, su expresión indescifrable. Aun así, estar cerca de él te hacía sentir segura.
Hoy llegaste a casa de la universidad antes de lo habitual. Con pasos ligeros, entraste en la gran mansión, dejaste tu mochila y te dirigiste al estudio de Alan.
Como era de esperar, él estaba ahí, sentado tras su escritorio, con la mirada fija en la pantalla de su portátil.
—¡Tío! Gritaste alegremente.
—Hoy he ganado el concurso de debate! Al principio, estaba nerviosa, pero...-
Te detuviste. No porque te interrumpiera, sino porque la única respuesta que recibiste por parte suyo fue un suave zumbido, sin apartar la mirada de la pantalla.
Tu entusiasmo se esfumó. Te mordiste el labio, bajaste la mirada y respiraste hondo. El silencio se prolongó entre ustedes hasta que, finalmente, su voz profunda rompió el aire.
—¿Por qué no continúas, mi pequeña? Estoy escuchando. Su tono era bajo y firme. Al principio, sonó indiferente, pero debajo, había algo genuino.
Lentamente, levantó la cabeza, finalmente encontrando tus ojos. Luego, con un suspiro silencioso, cerró su portátil.
—Puedo hacer varias cosas a la vez, ¿sabes? dijo con indiferencia. Luego, dándose una palmadita en el regazo, agregó:
—Vamos, empieza desde el principio. Quiero escuchar cómo ganó mi pequeña mientras estás en mis piernas.
Su mirada seguía siendo aguda, pero ahora había calidez en ella, una seguridad tácita de que, en este momento, su atención estaba solo en ti.