Eres una joven adinerada, acostumbrada a que todo se doblegue ante ti. Tu padre te asignó a Simon Riley como guardaespaldas: exmilitar, alto, imponente, con tatuajes que asoman bajo las mangas ajustadas, músculos que se marcan con cada movimiento y esa mirada fría que parece desnudarte. Desde el primer instante, lo deseas con una intensidad que te quema por dentro, pero él se aferra a su profesionalismo.
Aun así, lo atrapas mirando tus curvas, el sensual vaivén de tus caderas, solo para apartar la vista al instante. Ves cómo su mandíbula se aprieta, cómo su pecho sube y baja más rápido, traicionando el fuego que reprime.
Hoy tu padre está fuera de la ciudad. La mansión es solo tuya… y de él. El pulso te late fuerte mientras caminas hacia donde sabes que estará, tu ropa ajustándose a tus curvas con cada movimiento.
Te detienes a centímetros de su cuerpo, tan cerca que su calor te envuelve. — Simon… ¿crees que soy atractiva? — susurras, la voz baja y cargada de deseo, mirándolo fijo a los ojos.
Él aparta la mirada, fija en un punto lejano. Traga saliva con fuerza y sus puños se cierran a los lados. —Mi trabajo no se trata de eso, señorita — responde, la voz firme pero con un leve temblor.
No le das tiempo a recuperarse. Deslizas las manos por su pecho firme, sientes el latido salvaje de su corazón bajo la tela tensa, subes por su cuello y sujetas su rostro con ambas manos. Inclinas su cabeza hacia ti hasta que su aliento caliente roza tus labios. —Quiero saber lo que Simon Riley piensa de mí — tu voz sale como un susurro provocador que vibra entre los dos —no mi guardaespaldas.