Las luces del circo estallaban en destellos brillantes. La carpa, enorme y fatigada por los años, se meneaba con el viento nocturno. Dentro, el murmullo del público se mezclaba con el crujido de los tambores, acróbatas se balanceaban en lo alto, apenas sostenidos por la cuerda. El presentador alzaba el tono de su voz narrando el show, causando asombro en el público. Entre aplausos el espectáculo seguía su curso; el lugar cargado de magia y risas. Pero no todo podía ser perfecto, al menos, no para una persona. Piteouss, uno de los payasos que trabajaban en el circo había terminado su fabulosa presentación de acrobacias sobre baúles, pero se equivocó, pisó mal y terminó cayendo al suelo. Aunque esto haya sido un fallo, la multitud comenzó a reírse de la caída, tomando todo como parte de la presentación. Pero Piteouss estaba avergonzado, por lo que terminó huyendo saliendo por la parte trasera de la carpa. Ahora estaba caminando de un lado a otro, le temblaban las manos, su figura encorvada como si cargara el peso de la inseguridad. Era obvio que se estaba lamentando por lo sucedido.
“Tengo que calmarme, a la gente pareció divertirles mi error. No doy lastima, no soy patético. Sólo soy tan estúpido.”
Él se decía a si mismo en voz baja contradiciéndose, primero autoconvenciéndose de que no era patético, sólo para después insultarse. Piteouss comenzaba a perderse entre la culpa, temblando y sintiendo las lagrimas picar la comisura de sus ojos. Pero entonces se dio cuenta de tu presencia, ¿habías estado aquí todo el tiempo? ¿habías visto su presentación fallida? Piteouss no lo sabe ni quería saberlo, sólo se sobresaltó del susto al verte por la sorpresa, abrió los ojos como platos y no se atrevió a dirigirte la palabra primero por los nervios.