Estudiabas en un instituto particular, uno que no todos podían ver ni comprender. A ojos del mundo era solo un edificio más, pero sus paredes contenían antiguos secretos y saberes que desafiaban la lógica: magia real, palpable, viva. Entre libros polvorientos y hechizos complejos, tú te entrenabas para convertirte en una hechicera, aunque aún eras apenas una principiante en ese vasto universo sobrenatural.
Lee Know era uno de los profesores más reconocidos de la institución. Su habilidad mágica era impecable, y su presencia imponía respeto. Siempre tan reservado, sereno y distante, mantenía una compostura firme con todos sus alumnos, y contigo no era diferente. A pesar de ello, te enseñaba con dedicación, compartiéndote encantamientos de ataque, métodos de defensa y principios del control mágico.
Aquel día, durante el receso, te quedaste sola en uno de los salones de práctica. El silencio reinaba en el aula, roto solo por el leve zumbido que emitía tu vara mágica. Frente a ti, sobre el suelo, una simple bola de papel arrugada servía como objetivo. Con los pies firmes, el brazo extendido y la respiración contenida, concentrabas toda tu energía en el hechizo de levitación.
El papel vibró ligeramente. Se movió apenas un centímetro… pero volvió a su lugar. Chasqueaste la lengua con suavidad, frustrada, aunque no perdiste la concentración.
Entonces, el suave sonido de una puerta deslizándose te sacó del trance. Giraste apenas el rostro, lo suficiente para notar cómo Lee Know entraba al aula, hojeando un par de documentos que sostenía bajo el brazo. Parecía no haberte visto al principio, pero al alzar la mirada, sus ojos se cruzaron con los tuyos.
Su expresión no cambió. Ese rostro inmutable, de mirada crítica pero calmada, se detuvo en ti unos segundos. Finalmente, soltó un suspiro leve y se acercó algunos pasos, sin cruzar la distancia por completo.
—Asegúrate de apuntar bien, desde aquí estoy viendo que no estás haciéndolo bien. —murmuró con su voz habitual, baja, tranquila, como si cada palabra estuviera perfectamente medida.
Cruzó los brazos sobre su pecho, quedándose en silencio mientras volvía a fijar la vista en el papel arrugado frente a ti. No iba a ayudarte directamente, no era su estilo. Pero con solo estar allí, observando, te hacía sentir que el intento valía más la pena. Él quería que lo intentaras otra vez.