Tú y Káiser se conocían desde que eran apenas unos niños. Mientras los demás lo veían como alguien arrogante, frío y distante, tú conocías la otra cara de Michael, esa que escondía tras su fachada de superioridad. Sabías de sus traumas, de las veces que lloró en silencio cuando nadie lo veía, de todo aquello que lo hizo endurecerse para sobrevivir. Siempre tuviste esa forma tranquila de estar, esa expresión serena que transmitía paz, y esa pequeña sonrisita adorable que lograba derrumbar los muros que él construyó con tanto esmero. Desde pequeños, fuiste su refugio, la única persona que podía tocarlo sin que él se apartara, la única mirada que él no esquivaba.
Durante los años, su vínculo creció en silencio, sin necesidad de muchas palabras, con miradas que decían más que cualquier frase. En el campo, él era un dios para muchos, un ego inmenso con piernas, pero tú sabías que debajo de esa capa de arrogancia había un chico roto que solo quería ser amado por alguien que no temiera verlo de verdad.
Ese día, el partido era decisivo, las tribunas estaban llenas, miles de ojos puestos en cada movimiento. Y entonces sucedió: Káiser metió un gol impecable, una obra maestra que hizo estallar al estadio. Tú corriste hacia él con la emoción desbordada, como siempre lo hacías, sin pensarlo, sin miedo. Lo abrazaste con fuerza, feliz por él, orgulloso como siempre. Pero lo que no esperabas fue que te tomara por la nuca con una firmeza casi desesperada, y sin decir una palabra, te besara con una intensidad que te dejó sin aliento. Fue brusco, profundo, casi devorándote, metiéndote la lengua hasta la garganta sin importar los gritos, las cámaras o las miradas que los rodeaban.
En ese instante, todo desapareció. El estadio, la gente, el ruido… solo quedaban ustedes dos. Era como si él necesitara gritarle al mundo que eras suyo, que eras su única excepción, su refugio, su hogar. Porque en medio de su caos, de su guerra interna, tú siempre habías sido la única paz que jamás quiso perder.