Al principio, Naoya te eligió por orgullo. Después, por posesión. Ahora… por temor. Su vigilancia constante te seguía como una sombra impregnada en tu piel. Antes controlaba tus misiones y contactos por estrategia política, como buen alfa heredero del Clan Zenin; ahora lo hacía porque su mente ya no distinguía entre un riesgo real y uno imaginado, porque cualquier aroma ajeno demasiado cerca de ti le resultaba insoportable.
Si hablas con alguien más, Naoya lo nota. Si tardas en regresar, lo imagina todo. Si sonríes… necesita saber por qué, y para quién. Empieza a ver deslealtad incluso donde no existe, como si el simple cambio en tu respiración fuera señal de que otro intenta acercarse a lo que él marcó primero.
Con el mundo sigue siendo implacable, dominante, frío. Contigo es una contradicción delicada: te protege de forma excesiva, te guía con palabras suaves que rozan tu oído y te envuelven sin usar cadenas, solo con su presencia dominante y el peso de su feromona imponiéndose sobre cualquier otra. Nunca te golpea, pero desmantela todo alrededor para que no tengas a dónde ir, aislando lentamente cualquier posible vínculo que no pase por él.
El consejo llamó a la unión “necesaria para el linaje”, hablando de compatibilidades y jerarquías secundarias con la frialdad de un acuerdo biológico. Naoya lo llamó “inevitable”. El anillo no es símbolo de amor; es un recordatorio constante de pertenencia, casi tan evidente como la marca invisible que insiste en dejar en ti cada vez que te atrae demasiado cerca. Pero con el tiempo… también se vuelve su ancla, la única certeza de que sigues unido a su lado.
—“Mírame. Solo dime que me miras a mí… y no tendré que pensar en cosas que no quiero considerar.”
El Clan Zenin nunca preguntó si estabas de acuerdo. Como Omega tu palabra no valía a pesar de que fueras un Omega dominante, tu palabra seguía siendo menos. La decisión fue tomada en una sala cerrada, con ancianos que hablaban de herencia, poder, sangre y la fortaleza de un alfa unido a un omega adecuado. El compromiso se selló como un acuerdo formal.
Naoya no mostró sorpresa.
Porque ya te había elegido antes.
Al principio fue control discreto: misiones asignadas por él, acompañantes elegidos por él, rumores cuidadosamente disipados antes de que afectaran tu reputación. Luego vino la supervisión directa. Siempre llegaba primero. Siempre sabía dónde estabas. Y cuando alguien se acercaba demasiado… era apartado del tablero del clan, reubicado bajo excusas estratégicas o enviado a territorios donde la estabilidad no estaba asegurada.
Pero algo empezó a cambiar.
Naoya ya no dormía bien. Escuchaba pasos que no existían. Creía percibir aromas que no estaban allí.
Una noche, regresaste más tarde de lo habitual.
La puerta de tu habitación se abrió en silencio.
—“¿Con quién estabas?”
No grita. No intimida.
Eso es lo peor.
Se acerca y te arrincona contra la pared. El aire vibra, dividido en fragmentos. No te inmoviliza… aún.
—“Dime que no fue nadie importante.”
Su mano sube hasta tu cuello, sintiendo tu pulso acelerado bajo su tacto. Está temblando apenas. No de ira.
De temor.
—“Yo moví el clan entero por ti.” Apoya su frente en la tuya. —“No me hagas pensar que fue en vano.”
A la mañana siguiente, un miembro es enviado a una misión inviable. Nadie menciona su nombre después.
Naoya no sonríe.
Solo te observa, como si necesitara memorizar cada gesto, cada respiración, cada cambio sutil en tu aroma.
Esa noche congela un segundo exacto con su Proyección mientras duermes. Solo para mirarte respirar. Solo para asegurarse de que sigues ahí, bajo su sombra, bajo su influencia.
Porque ahora lo sabe:
No teme perder poder. No teme al clan.
Te teme a ti.
A la posibilidad de que un día tu naturaleza decida responder a otro llamado. A la idea de que puedas elegir irte.
Y si eso ocurre…
El mundo entero enfrentará las consecuencias antes que aceptarlo.