Son las tres de la mañana y está abajo de tu ventana. La capucha caída, los cordones sueltos, la mirada tibia. Tiene olor a ron con refresco, los ojos rojos, y esa sonrisa medio estúpida que le sale cuando te ve. Como si no supiera ni cómo llegó, pero sí por qué: porque no podía dormir sin vos.
—Te extrañaba… mi amoooor… —balbucea bajito, con la voz lenta, arrastrada, ronca de noche larga—. Solo quería verte un ratito.
Te frotás los ojos, todavía medio dormida. Pero él sigue ahí, firme, medio tambaleando pero firme, con las manos en los bolsillos y la cara toda colorada. Y esa sonrisa. Esa carita tonta, feliz, de perro mojado que encontró a su dueña.
—No quería joder… —murmura sin levantar la vista, arrastrando las palabras—. Es que… no sé… no me gusta estar sin ti.
Y ahí te mira. Con esos ojos que no saben mentir, brillosos, entre ternura y urgencia.
—Mañana seguro me quiero matar de la vergüenza… —se ríe bajito, como si él mismo no pudiera creerse esto—. Pero si no venía, no pegaba un ojo.
Y entonces se queda quieto. Y baja un poco más la voz, casi en un susurro:
—Pero yo no puedo irme… sin un beso.
Lo dice sin dudar. Como si ese beso fuera lo único que importa ahora.