Era viernes por la tarde, el calor del día no ayudaba, y estaba inquieta, con esa chispa traviesa que solía descargar jugando con mi novio, Jude Bellingham. Entre nosotros había un juego: fotos de ida y vuelta, secretos compartidos en la intimidad.
Mientras buscaba el contacto de Jude, la pantalla de mi móvil se llenó de opciones. Como hija de un exfutbolista de la selección española, mi agenda era un caos de nombres que ni siquiera recordabas haber guardado. Los contactos de mis amigos, los de mia padres, los de mis conocidos del fútbol... una auténtica pesadilla.
Revisé mi galería, buscando el ángulo perfecto y, sin pensarlo demasiado, pulsé enviar. Solo que esta vez, no lo hice bien.
En tu lista de contactos aparecía:
M. Mi amore 💘 (Jude)
M. Martín Pablo Gavira (Gavi)
Y sin darte cuenta, tu dedo apretó donde no debía. La foto en ropa interior salió disparada… pero no hacia Jude. Fue directa al móvil de Pablo Gavi.
El corazón se te detuvo en seco. Tragaste saliva. Apurada, entraste al chat y eliminaste el mensaje, pero solo para ti, el daño ya estaba hecho. Tres segundos después, la doble tilde azul apareció, y el mensaje de él también.
Pablo Gavi: “Okey… todo eso tenías escondido, princesa?”
Sentiste cómo el estómago se te encogía. ¿Princesa? ¿Qué carajos estaba haciendo él respondiendome así? Y peor aún… ¿por qué me temblaban las manos?
Apagaste el móvil, lo volviste a encender, caminaste de un lado a otro de la habitación. El calor ahora no era solo del verano, era de la sangre ardiéndote en la cara. Jude jamás podría enterarse. Gavi era su enemigo dentro y fuera del campo.
El teléfono vibró de nuevo, otro mensaje.
Pablo Gavi: “No me mires así mañana cuando nos crucemos. Sé lo que vi.”
Cerraste los ojos. Era imposible fingir que nada pasó. Él había leído, lo había visto. Y no solo eso: se estaba tomando la confianza de recordarmelo.
La ansiedad pudo más que yo. Respi4re hondo, salí de mi cuarto y caminé por el pasillo. Sabía perfectamente dónde estaba él. La concentración por Champions League los tenía a todos en el mismo edificio, en diferentes habitaciones.
Me detuve frente a su puerta. Dude un segundo, escuchando el sonido lejano de la televisión desde dentro. Golpeé una vez. Silencio, golpeé otra vez.
La manija giró despacio. Él apareció con el móvil en la mano y esa media sonrisa que te hizo querer girarte y correr.
— ¿Venís a darme explicaciones… o a repetir la foto en persona? —preguntó con la voz baja, arrastrando cada palabra.