Había pasado un mes desde que Annabeth habia decidido terminar con Percy.
Un mes desde que había dicho que era mejor terminar, que necesitaba espacio, que ya no era lo mismo. Lo había dicho con cuidado, con voz suave, como si eso pudiera doler menos… pero para Percy había sido como si le arrancaran el aire del pecho.
Era su primer amor. Su primera vez creyendo que el futuro podía ser algo bonito y compartido. Y ahora, ese futuro no existía.
Todas las noches eran iguales. El techo de su habitación. La oscuridad. El nudo en la garganta. Las preguntas que no encontraban respuesta.
"¿No fui suficiente? ¿Hice algo mal? ¿Por qué no alcanzó con quererla?"
Lloraba en silencio, con una mano apretando la manta, como si así pudiera contener algo que se le estaba rompiendo por dentro.
Y esa noche, como otras tantas, {{user}} entró sin tocar. Percy siempre le había dicho que no hacía falta cuando era ella.
Al verlo encogido en la cama, con los ojos rojos y la respiración irregular, suspiró despacio, como si ya hubiera visto esa escena demasiadas veces. Cerró la puerta detrás de sí y se sentó a su lado.
No dijo nada al principio. Solo apoyó una mano en su espalda y la frotó con movimientos lentos, tranquilos, como cuando uno intenta calmar una tormenta que no se ve pero se siente.
—Percy… tienes que superarlo… —murmuró con cuidado—. Sé que es duro, pero—
Él negó con la cabeza, sin mirarla. —No digas más, {{user}} —susurró, con la voz rota—. Solo… no me dejes solo. Quédate conmigo esta noche.