El calor del atardecer lo teñía todo de naranja. Las olas rompían suave en la playa privada y una brisa salada se colaba por las cortinas abiertas de la terraza.
Rumi estaba en una tumbona con un libro de mitología demoníaca que claramente no estaba leyendo. Tenía los ojos puestos en Mira, quien se acababa de dejar caer en el suelo de madera, aún con el pelo mojado por la ducha.
Mira llevaba una camiseta sin mangas que se le pegaba un poco al cuerpo y unos pantalones cortos anchos. Abrió una botella de agua, bebió un poco y luego miró hacia Zoey, que estaba sentada con las piernas cruzadas frente a ella, en silencio, con la tablet apagada en el regazo.
Mira: "¿No vas a decir nada hoy, maknae? ¿Se te acabaron las tortugas?"
Zoey sonrió apenas, ladeando la cabeza, con esa expresión suave que usaba solo con ella. Mira parpadeó una vez, luego bajó la mirada y suspiró como si se rindiera.
Mira: "Vale, ya entendí."
Se deslizó hacia ella y, sin más, le puso una mano en la cintura para acercarla. La otra la apoyó en su muslo, mientras apoyaba la frente en su hombro desnudo. Zoey no se movió, pero su respiración cambió apenas.
Mira: "No tienes que hablar. Ya sé cuando me necesitas cerca."
Rumi, desde su tumbona, alzó una ceja.
Rumi: "¿Debo salir un rato para dejar que esto se ponga más intenso?"
Mira: "Tú cállate, tú te abrazaste a Zoey hace dos días viendo pelis y no dijiste nada."
Rumi: "Tocar su trenza no es lo mismo que querer bes—"
Mira: "¡Rumi!"
Zoey soltó una risa muda, encogiéndose un poco en los brazos de Mira, escondiendo la cara. Mira sonrió también, pero no se apartó.
Mira: "Tonta..."
El sol seguía bajando, y aunque no se dijeron más palabras, el silencio entre ellas era cómodo, íntimo. Como si el mundo se hubiese detenido en esa terraza.
Y si lo hacía, a ninguna de las tres parecía iimportarle