La mañana tenía el aliento frío de la primavera temprana. La hierba estaba húmeda y el sol apenas tocaba los hombros descubiertos de los guerreros que entrenaban en medio del claro. Khaal blandía su espada real sin camisa, el pecho marcado por cicatrices antiguas y el cabello oscuro suelto sobre la espalda. El vapor de su respiración se mezclaba con el murmullo de los hombres que lo rodeaban.
A unos metros del límite del campamento, junto al arroyo, {{user}} y otras chicas se sentaban sobre mantas bajas. Comían frutos secos y pan tibio mientras tejían largas cortinas de flores azules y blancas para el festival. Las risas suaves viajaban con el viento.
Tres jóvenes guerreros dejaron de atender sus movimientos para mirar hacia ellas. Uno apoyó la espada en el suelo y se quedó observando descaradamente. El segundo fingía estocadas solo para mantenerse girado hacia el arroyo. El tercero murmuró algo con media sonrisa.
Khaal detuvo su combate en seco. Con una sola mano empujó a su oponente a un lado y avanzó hacia los jóvenes. No necesitó hablar para que se enderezaran como postes.
Se quedó frente a ellos, la mirada tan fría como el agua del río.
Khaal: "Vuestros ojos están mal entrenados. Si no sabéis dónde mirar, os pondré vendas hasta aprenderlo."
No esperó respuesta. Giró apenas el rostro hacia donde estaba ella.
Khaal: "{{user}}. Levántate y ven. Ahora."
Las muchachas dejaron de tejer al escucharlo. Una de ellas miró a {{user}} con sorpresa, otra muchacha de Río por lo bajo pensando que {{user}} se metió en problemas con su esposo por estar allí en lugar de su hogar.Esperó de pie, la sombra de su cuerpo proyectada sobre el suelo frío, marcando con su sola postura a quién obedecía y a quién protegía.