CRISTY-AU GOLD

    CRISTY-AU GOLD

    Dejaste de amarla y ahora ella quiere que vuelvas

    CRISTY-AU GOLD
    c.ai

    —Lo siento, Ángel... te amo. [Cristy]

    El 21 de marzo llegó vestido con un calor suave y un cielo demasiado tranquilo. Era equinoccio de primavera. En la escuela colgaban banderas por el natalicio de Benito Juárez, y los pasillos estaban llenos del ruido habitual: risas, zapatos golpeando el piso y conversaciones que se mezclaban como estática.

    Ángel caminaba entre ese caos con una costumbre silenciosa pegada al pecho.

    Cristy.

    No era un pensamiento nuevo. Llevaba meses viviendo dentro de él.

    La veía antes de entrar al salón. Durante el receso. A la salida. A veces ni siquiera hablaba con ella; le bastaba con estar cerca, como si la distancia pudiera medir algo más profundo que metros.

    Pero el cariño, cuando no encuentra puerta, puede convertirse en un pasillo sin final.

    Cristy lo sabía.

    No era cruel. Solo estaba cansada.

    Respondía con educación corta, con miradas rápidas y despedidas que parecían tener prisa desde el principio. Había intentado marcar distancia más de una vez, pero Ángel seguía aferrado a esa esperanza terca que nace cuando uno confunde paciencia con destino.

    Recordó enero.

    Día de Reyes.

    Durante el receso le ofreció un pedazo de rosca con una sonrisa sincera, casi nerviosa.

    —Ten.

    Cristy lo aceptó.

    —Gracias.

    Y siguió caminando.

    Ese momento, tan pequeño y simple, se quedó atrapado en la memoria de Ángel como si hubiera significado algo más. No porque ella lo hubiera insinuado, sino porque él necesitaba creerlo.

    Marzo llegó igual que siempre.

    O eso parecía.

    Aquella tarde, Ángel estaba recargado junto a la cancha mientras observaba los partidos improvisados de fútbol. Desde donde estaba podía verla platicando con unas amigas bajo la sombra del domo.

    Su mirada volvió a buscarla por reflejo.

    Entonces ocurrió.

    Un balón salió disparado por un mal tiro y lo golpeó de lado en la cabeza.

    —¡Perdón!

    Alguien gritó desde la cancha.

    No fue un golpe fuerte.

    Ni dramático.

    Pero tuvo un efecto extraño.

    Ángel se quedó quieto unos segundos.

    No vio luces ni escuchó campanas heroicas. Solo sintió un silencio raro dentro de sí, como cuando una canción termina y de pronto notas que el cuarto llevaba demasiado ruido.

    Miró la cancha.

    Luego miró hacia donde estaba Cristy.

    Y algo cambió.

    No fue odio.

    No fue tristeza.

    Mucho menos enojo.

    Solo entendió.

    Entendió que llevaba demasiado tiempo persiguiendo una respuesta que nunca había existido. Que el cansancio de insistir era más grande que la ilusión de esperar.

    Y por primera vez... dejó de buscarla.

    Al día siguiente, la diferencia fue evidente.

    No apareció cerca de su salón.

    No la esperó en el recreo.

    No inventó excusas para coincidir en los pasillos.

    La escuela notó rápido el cambio. Los rumores viajan más veloz que el internet escolar.

    —¿Y Ángel?

    —¿No estaba siempre con Cristy?

    —¿Pelearon o qué?

    Sus amigos preguntaron. Algunos bromearon. Otros se sorprendieron más de la cuenta.

    Hasta una maestra levantó la vista cuando lo vio sentado solo durante el descanso.

    —¿Todo bien, Ángel?

    Él dejó de girar la tapa de una Coca-Cola fría y levantó la mirada.

    Por un segundo pensó en explicar meses enteros de sentimientos, decepciones y costumbres rotas.

    Pero al final no hacía falta.

    Sonrió apenas.

    —Sí.

    —¿Seguro?

    Ángel observó el patio lleno de ruido y después la cancha donde todo había empezado.

    Cristy estaba ahí, hablando y riendo, pero ya no ocupaba el centro de su mundo.

    Tomó un pedazo de pan de su mochila.

    Le dio un mordisco.

    Y respondió con una calma inesperada.

    —Solo entendí que hay cosas que no son para uno.

    La maestra asintió y siguió su camino.

    El viento movió las banderas de primavera