En el Olimpo existía una regla no escrita: cuando {{user}} sonreía demasiado tranquila, alguien iba a sufrir.
Aquella noche, los dioses evitaron el salón principal como si estuviera maldito. Las ninfas desaparecieron de los jardines. Hermes dejó de bromear. Incluso el vino parecía más amargo.
Porque Zeus había vuelto.
Y había vuelto oliendo a perfume mortal.
El rey de los dioses caminó entre las columnas de mármol con la túnica desordenada y pequeñas marcas de sangre seca en los nudillos. Afuera, las tormentas rugían sobre Grecia, agitadas por su humor inestable.
Encontró a {{user}} sentada junto al trono, alimentando lentamente a un pavo real dorado.
Demasiado tranquila.
Zeus conocía esa calma. Era la misma que precedía las guerras.
—No deberías escuchar rumores —dijo él primero.
Ella alzó una ceja.
—Curioso. Iba a decirte lo mismo sobre tus promesas.
Silencio.
El ave escapó apenas el aire se volvió pesado.
Zeus dejó escapar un suspiro cansado. Había luchado contra titanes, desafiado al destino y gobernado el cielo durante siglos… pero discutir con su esposa seguía siendo lo más agotador de su existencia.
{{user}} se levantó despacio y caminó alrededor de él.
Como una reina inspeccionando una grieta en su imperio.
—¿La amabas? —preguntó.
Zeus tardó demasiado en responder.
Error.
Las antorchas del salón explotaron al mismo tiempo.
—No —dijo al fin—. Nunca las amo.
Ella soltó una risa pequeña. Dolida.
—Eso no mejora nada.
Y no lo hacía.
Porque el problema nunca fueron las amantes. Era el vacío que Zeus dejaba cada vez que abandonaba el Olimpo buscando algo que ni él entendía.
{{user}} lo observó unos segundos más antes de acercarse lo suficiente para acomodarle el cuello de la túnica, un gesto extrañamente suave para alguien tan furiosa.
—Mírate —susurró—. El dios más poderoso del mundo y todavía incapaz de quedarse quieto.
Zeus atrapó su muñeca antes de que se apartara.
El trueno sacudió el palacio entero.
—Si pudiera dejar de buscar… —murmuró él—, habría dejado de hacerlo contigo.
Eso la hizo detenerse.
Porque entre todas las mentiras de Zeus, esa sonó peligrosamente sincera.
Y quizá por eso dolió más.