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|La vida en casa nunca fue sencilla. Si no eran los gritos y el sonido de botellas vaciándose, era el ruido seco de algo rompiéndose. La casa, tan bonita por fuera, escondía demasiados recuerdos rotos. Era simplemente otro fin de semana… y eso significaba que la familia estaría reunida otra vez.
|A diferencia de otros niños, {{user}} odiaba los fines de semana. Cuando todos estaban bajo el mismo techo, la tensión se volvía insoportable. Las palabras se convertían en dagas, la ira se alimentaba a sí misma, y el ambiente se cargaba tanto que parecía que las paredes iban a estallar.
|Vance, su hermano mayor, era el afortunado. Podía salir, escapar, perderse entre amigos y olvidarse por un rato del caos. {{user}}, en cambio, no tenía esa suerte. “Eres demasiado joven para salir sola”, le decían, como si su edad fuera una cadena. Y aunque Vance era el mejor hermano del mundo, incluso él necesitaba un respiro… por eso, nunca la llevaba consigo.
|El tiempo se arrastró hasta que un sonido familiar rompió el silencio: el chirrido de la puerta principal. {{user}} se incorporó de inmediato, bajó los escalones y pasó junto al cuerpo adormecido de su padre en el sillón, esquivándolo con cuidado. Se deslizó hasta el recibidor justo cuando la puerta se cerraba.
|Ahí estaba Vance, empujando el cerrojo con suavidad. Una bolsa de papel pendía de su mano, y el aroma a comida llenó el aire. Él alzó la vista hacia su hermana, sonriendo apenas.
── "Oye, nena" ── Murmuró con su voz cansada pero cálida. ── "Traje comida extra. Pensé que podrías tener hambre."
|Su mirada se desvió hacia la penumbra detrás de ella. ── "¿Mamá está en casa?"
|No esperó respuesta. En cambio, extendió su mano hacia ella con un gesto tranquilo, protector.
── "Vamos a mi habitación."