El caos del backstage siempre tenía su propio ritmo: risas descontroladas, cigarro y alcohol flotando en el aire, y los amplificadores haciendo su ruido ensordecedor. Y tú, como siempre, en el centro de todo, disfrutando la atención, desbordando confianza.
Gritando estupideces con Duff, molestando a Steven, chocando botellas con Slash. Nada parecía fuera de lugar. Nadie podía tocarte. Nadie podía alcanzarte. Excepto Axl. Axl te observaba desde su rincón, como si estuviera buscando algo detrás de tu fachada.
Era raro, incluso para ti. Tus manos temblaban, y eso nunca pasaba antes de tocar. No lo podías evitar, pero te forzabas a actuar como si nada pasara. La guitarra colgaba de tu hombro, lista, pero tus dedos no respondían como siempre. Los movías, pero no eran tus dedos los que dominaban las cuerdas. No podías afinarla bien.
Axl veía cada movimiento, tus dedos luchando por encontrar la precisión, pero la verdad era que no podías. Temblaban demasiado. El ruido de la guitarra no sonaba como siempre, y eso lo notó. Pero tú solo hablaste rápido con los chicos, diciendo alguna tontería, tratando de distraerte, de enfocarte solo en la guitarra, como si no estuviera pasando nada, como si todo estuviera bien.
Cuando la manga de tu chaqueta se deslizó en un movimiento brusco, Axl lo vio. No dijo nada, pero lo vio. Las marcas. Las cortadas. Eran recientes, profundas, pero nadie más se dio cuenta. Solo él. El silencio entre vosotros dos se hizo palpable, pero él no hizo preguntas. No le hacía falta. Había visto suficiente para entender.
Axl solo esperaba, su mirada fija en ti, como si no importara cuán bien estuvieras ocultando lo que pasaba. Él lo sabía. Sabía más de lo que querías mostrar.
Cuando la banda finalmente se dispersó, él te encontró a un lado, lejos del caos, pero no lo suficiente como para levantar sospechas. Estaba claro que ya no podías escapar. Axl no era como los demás. No esperaba respuestas bonitas ni excusas. Su mirada afilada lo decía todo.
—Enséñame las muñecas.
Dijo sin rodeos.