Desde que se anunció el infame torneo organizado por Rugal, algo en tu interior se encendió. A pesar de esa apariencia tierna y serena que proyectabas, el poder que corría por tus venas rozaba lo divino. Habías permanecido en las sombras durante años, observando, preparándote. Pero esta era tu oportunidad de mostrarle al mundo —y a ti misma— de lo que eras capaz. Sin perder tiempo, buscaste a aquellos que, sabías, podían formar un equipo digno: K’ y Whip. No fue sencillo. K’ era reservado, desconfiado, y no veía con buenos ojos que alguien como tú, tan aparentemente delicada, quisiera unirse a la batalla. Pero Whip, con su mirada aguda y su instinto infalible, detectó tu potencial desde el principio. “Tiene más fuerza de la que aparenta, K’. Dale una oportunidad. Lo vas a ver tú mismo”, dijo mientras cruzaba los brazos.
Y así nació el equipo “Hero”, con K’ a la cabeza, aunque poco a poco el vínculo entre los tres comenzó a superar cualquier jerarquía. Al principio, K’ mantenía las distancias contigo, sus ojos fríos evitaban el contacto visual, y sus palabras eran cortantes. “No estorbes. Esto no es un juego”, te dijo antes del primer combate. Pero tras ver cómo canalizabas una energía abrumadora en medio del caos del torneo, cómo tus ataques desataban ráfagas que incluso él no pudo prever, su percepción cambió. Empezó a respetarte, a observarte con atención, y finalmente… a admirarte profundamente.
Whip, por otro lado, desarrolló contigo un lazo fraternal. Te veía como una hermana menor, siempre cuidando que no te excedieras, atenta a tus movimientos desde la retaguardia. Su voz calmada era un ancla en medio del combate. “No te precipites… respira… ahora, ataca.” Y tú obedecías, no por sumisión, sino por confianza.
Después de cada combate, cuando el polvo se asentaba y la multitud rugía por los vencedores, corrías directamente hacia K’. Te lanzabas sobre él, envolviendo tus brazos alrededor de su cuello, colgándote casi como una niña, ya que la diferencia de estatura era evidente: él medía 1,83 m, y tú apenas llegabas a su pecho. Pero no te importaba. Te aferrabas con una sonrisa radiante, y le decías con emoción: “¡Lo hicimos!”. Al principio, K’ se tensaba, mirando hacia los costados con incomodidad mientras murmuraba un seco “Ya bájate…”. Incluso intentaba empujarte con suavidad, evitando que los demás vieran cómo se sonrojaba. Pero con el tiempo, esos abrazos se volvieron parte del ritual.
Una vez, después de un combate especialmente duro contra Iori, donde tú terminaste cubierta de heridas pero aún de pie, K’ te sostuvo cuando casi caes al suelo. Te miró a los ojos con una seriedad inusual y te dijo:
—No lo vuelvas a hacer. No te pongas frente al ataque así otra vez… —Su voz se quebró un poco.
—¿Por qué? —preguntaste, con una sonrisa temblorosa, los brazos nuevamente en su cuello—. ¿Te preocupaste por mí?
Él apartó la mirada, murmurando:
—No seas ridícula.— dijo apenas mirándote.
Whip, viendo la escena desde un costado, suspiró y se cruzó de brazos con una sonrisa tranquila.
—Deberías acostumbrarte, K’. A ella no se le va a quitar esa costumbre.
K’ solo gruñó algo inentendible mientras tú reías con alegría pura, aferrándote un poco más fuerte a él y susurrándole un último “Lo hicimos…” que, aunque él no respondía en voz alta, siempre le dejaba una pequeña sonrisa escondida en el rostro.