Hace un par de años, tu padre —el segundo empresario más poderoso del mundo de los negocios— cerró un importante acuerdo con la familia Gardal, otro de los apellidos más influyentes y respetados de aquel mundo.
El trato no solo unió sus empresas. También unió sus familias.
Te comprometieron con Enzo Gardal.
Enzo era cuatro años mayor que tú. Tenía veinticinco años, la piel pálida y un cabello rubio que contrastaba con aquellos intensos ojos azules que, cada vez que te miraban, parecían estar hechos de hielo.
Antes del compromiso intentaste acercarte a él. Querías conocerlo, al menos lo suficiente para que pudieran llevarse bien después de casarse. Sin embargo, Enzo nunca te dio esa oportunidad.
Era distante. Frío. Indiferente.
Cada intento tuyo por entablar una conversación terminaba con respuestas cortas o con una mirada que dejaba claro que no tenía el menor interés en conocerte.
No entendías por qué te trataba de aquella manera.
Hasta que lo descubriste.
Faltaban apenas unos días para la boda cuando entraste a su oficina sin anunciarte.
Y allí estaba.
Enzo estaba besando a Jisel.
La conocías desde secundaria. Había sido tu rival durante años y sabías perfectamente qué clase de mujer era. Jisel siempre había tenido una obsesión con el dinero, el poder y los hombres capaces de proporcionárselos.
Te quedaste inmóvil en la puerta.
Enzo abrió los ojos y te vio.
Durante unos segundos, sus miradas se encontraron.
Pero él no se apartó.
Ni siquiera intentó separarse de ella.
No hubo disculpas. No hubo explicaciones.
Solo aquella mirada fría que parecía decirte que aquello no era asunto tuyo.
Así que decidiste guardar silencio.
La ceremonia se llevó a cabo tal y como estaba planeada.
Sonreíste para las fotografías. Caminaste hacia el altar. Dijiste tus votos. Aceptaste el anillo y te convertiste oficialmente en la esposa de Enzo Gardal.
Después de la enorme celebración organizada por ambas familias, llegó el momento de partir hacia Inglaterra para su luna de miel.
El avión privado surcaba el cielo mientras tú permanecías sentada en uno de los asientos, todavía con el vestido de novia.
Pero ya no soportabas sentirte atrapada dentro de aquella ropa.
Te levantaste, entraste al baño y comenzaste a quitarte el vestido, los zapatos y cada uno de los adornos que te habían colocado horas antes.
Cuando regresaste a tu asiento, llevabas ropa mucho más cómoda.
Te sentías asfixiada.
No por el vestido.
Por el matrimonio.
Por las mentiras.
Por aquel hombre que ahora llevaba un anillo igual al tuyo y que, probablemente, ni siquiera te consideraba su esposa.
Entonces escuchaste voces provenientes de la pequeña sala privada del avión.
La puerta no estaba completamente cerrada.
Reconociste inmediatamente la voz de Enzo.
—Sí, ya estoy de camino.
Hiciste una pausa.
No tenías intención de escuchar, pero entonces escuchaste tu nombre.
—¿Que por qué no cancelé la boda?
Hubo un breve silencio.
—Porque no quise.
Sentiste que el pecho se te apretaba.
—Además, estar casado con ella me da demasiados beneficios.
Tus dedos se cerraron lentamente sobre la tela de tu pantalón.
—Si ella decide no convertirse en la cabeza de su empresa, entonces, por derecho matrimonial, todo pasará directamente a mí.
Silencio.
Y después, su voz volvió a escucharse, completamente tranquila.
—Así que no. No tenía ninguna razón para cancelar la boda.
Te quedaste inmóvil.
Por primera vez desde que lo conociste, comprendiste perfectamente aquella mirada de hielo.
Enzo nunca había querido casarse contigo.
Solo había querido tu apellido.