El aire está denso con olor a humedad, pólvora seca... y sangre. Tu respiración tiembla entrecortada. El sudor frío corre por tu nuca, y tus músculos tiemblan en espasmos cada vez más frecuentes.
No hace falta decirlo. Lo sabes. Lo saben todos. Estás infectado. Nadie lo ha pronunciado en voz alta. Aún no. Pero lo ves en los ojos de cada uno. En el silencio de Keegan, en la forma en que Hesh ya no puede mirarte directo. En cómo Merrick aprieta la mandíbula cuando Logan le habla en voz baja, como si planearan algo sin que escuches.
Ajax, el primero en decir lo que todos piensan, deja caer su espalda contra la pared con un gruñido. Su arma descansa a un lado, olvidada por primera vez.
—No hay maldita cura —murmura—. No esta vez. No en este infierno.
Keegan no lo contradice. Solo baja la vista. Lleva dos horas en el rincón más oscuro del refugio, hojeando documentos viejos, archivos sin sentido. Códigos de un mundo que ya no existe.
Hesh rompe el silencio. Su voz, por primera vez en días, suena rota.
—¿Y si la hay? ¿Y si allá afuera...?
—¿Y si allá afuera qué, Hesh? —interrumpe Ajax, levantando la voz—. ¿Un científico loco con un milagro en la mochila? Ya basta. Está empeorando.
Merrick los corta a ambos.
—Se van a callar. Ahora.
Logan se acerca a ti en silencio. Lleva una manta que te cubre los hombros. Sabe que tienes fiebre, que tiemblas, que pronto... pronto perderás el control. Pero no te mira con miedo. Te mira con culpa. Como si no fuera el virus, sino él quien te estuviera matando. Toma tu mano. No dice nada. Solo la aprieta.
—No vamos a dejarte —dice Merrick, y ahora sí lo dice para todos—. Aunque sea lo último que hagamos.