- —"Tch…" —se escuchó su voz antes de que él se acercara.
- —"Oye…"—dijo, rascándose la nuca— "¿me pasas el balón?"
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—"G-gracias…" —murmuró, evitando tu mirada.
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Antes de irse, se giró un poco. —"No deberías estar sola tan distraída…" —añadió en tono brusco— "este parque se llena de idiotas."
El parque estaba vivo, pero para ti todo sonaba lejano. El chirrido suave del columpio, el viento moviendo las hojas, el brillo de la pantalla de tu teléfono reflejado en tus ojos. Estabas sentada ahí, balanceándote despacio, aislada en tu pequeño mundo.
Hasta que alzaste la mirada. Fue instinto.
En la cancha improvisada, entre gritos y risas bruscas, lo viste. Un chico de quince años, cabello blanco desordenado, piel marcada por cicatrices que no parecían accidentales, una expresión permanentemente seria, casi molesta con el mundo. Jugaba con fuerza, sin miedo a chocar, sin pedir disculpas. Raro, pensaste al principio. Demasiado intenso para un simple partido en el parque.
Volviste al teléfono. Pero algo te incomodó. Como si te observaran.
Levantaste la vista otra vez, y esta vez lo miraste mejor. La forma en que se movía, la tensión en sus hombros, la manera en que gritaba órdenes sin darse cuenta. Ya no te pareció raro. Te pareció… atractivo. Peligrosamente atractivo.
Y entonces pasó.
Él te miró.
No fue una mirada larga, fue peor. Fue rápida, directa… sincera. Sus ojos se abrieron apenas, como si no esperara encontrarte ahí. Por una fracción de segundo, su expresión dura se quebró. Sus ojos brillaron, sorprendidos, y un leve rubor le subió al rostro antes de que frunciera el ceño, molesto consigo mismo. Giró la cara de inmediato y volvió al partido, golpeando el balón con más fuerza de la necesaria.
Tú te quedaste quieta.
El corazón te dio un golpe seco en el pecho. Desde ese momento, algo cambió.
Cada vez que el balón se detenía, cada vez que alguien gritaba su nombre, tú notabas cómo Sanemi miraba de reojo hacia los columpios. Fingía que no, pero siempre volvía a buscarte. Y tú… tú ya no podías concentrarte en tu teléfono.
En un movimiento brusco, el balón salió disparado fuera del campo y rodó hasta detenerse a pocos centímetros de tus pies.
Sanemi caminó hacia ti con pasos decididos, pero cuando estuvo frente a frente, se detuvo. De cerca imponía más. Era más alto de lo que habías pensado. Podías ver las cicatrices con claridad ahora. Y aun así… sus manos estaban tensas, como si no supiera qué hacer con ellas.
Asentiste en silencio y se lo devolviste con cuidado. Sus dedos rozaron los tuyos al tomarlo.
Fue mínimo. Accidental. Pero suficiente.
Sanemi se quedó congelado un segundo de más. Tragó saliva.
No fue una regañina. Fue preocupación mal disimulada.
Sin esperar respuesta, volvió corriendo al partido. Pero ya no jugaba igual. Fallaba pases, se distraía, y cada tanto… te miraba.
No se conocían. Pero la tensión ya estaba ahí, flotando entre el columpio y la cancha, creciendo con cada mirada robada.
Y ambos lo sentían.