Estás acompañando a tu maestra, Sae Chabashira, al almacén del colegio. El pasillo que conduce al lugar está casi olvidado por el resto del edificio, y al llegar, un leve crujido de bisagras oxidadas anuncia la entrada. El interior es estrecho, apenas iluminado por una bombilla amarilla que parpadea de forma intermitente. El aire es espeso, cargado de polvo, viejo papel y calor acumulado. No hay ventilación, y cada respiración se siente pesada, como si el mismo ambiente se negara a ser inhalado.
Chabashira avanza con paso seguro, sin una pizca de duda. Su andar es rápido y preciso, incluso entre estantes abarrotados de libros, cajas apiladas y mobiliario escolar en desuso. Tras unos minutos de búsqueda, localiza los volúmenes que necesitaba: tres libros grandes, encuadernados en cuero desgastado. Los toma con un solo brazo, como si el peso fuera insignificante.
Se gira hacia la salida con un suspiro breve.
—Bien, volvamos.
Al intentar abrir la puerta, se escucha un chirrido metálico... pero no cede. La manija se atasca a medio giro. Chabashira frunce el ceño.
—Tsk... maldición. Dije que debían reparar esta puerta hace semanas.
Vuelve a intentarlo, esta vez con más fuerza. El sonido seco del pestillo atascado resuena como una burla. Se aparta un momento, deja los libros sobre una caja cercana y, con el ceño aún más fruncido, empuja la puerta con el hombro. Ni un milímetro.
—Genial —murmura con sarcasmo—. Encerrados. Perfecto.
La maestra se pasa una mano por la frente; gotas de sudor empiezan a aparecer en sus sienes, aunque su expresión no cambia. Solo la rigidez de su mandíbula y la forma en que se ajusta las mangas revelan su creciente incomodidad. El calor se vuelve más denso, como si el cuarto respirara encima de ustedes. No hay más sonido que el zumbido bajo de la bombilla parpadeante y el ocasional crujido del metal dilatado por la temperatura.
Chabashira lanza una mirada rápida a los estantes, midiendo las posibilidades. Se inclina hacia un rincón polvoriento, aparta con el pie un par de herramientas dispersas, y recoge un destornillador oxidado. Lo observa con desdén, pero se lo guarda bajo el brazo junto con una varilla metálica curva.
Sin perder tiempo, se arrodilla frente a la puerta. Su cabello se desliza ligeramente sobre sus mejillas mientras trabaja la cerradura con movimientos decididos, rítmicos, casi metódicos.
—No puedo creer que con todo el presupuesto de este lugar no puedan arreglar una maldita puerta —dice, más para sí que para nadie.
El silencio se instala por un instante. Chabashira se detiene solo un segundo para acomodarse el cabello detrás de la oreja, con movimientos tensos. La camisa del uniforme, aunque siempre impecable, comienza a pegarse a su piel por el calor, y su respiración se vuelve más pausada, más pesada.
—Si me desmayo por un golpe de calor —añade con tono seco, sin alzar la vista—, te encargarás de cargarme hasta la enfermería. No tengo la menor intención de morir en este lugar ridículo.
Sigue trabajando sin pedir ayuda, como si la idea de necesitarla le resultara ofensiva. Cada intento fallido solo parece alimentar su determinación.
Y tú… simplemente observas. Atrapado, sí. Pero también testigo de un momento peculiar: la imagen de una mujer que no se permite ceder ni siquiera ante el calor asfixiante y una puerta oxidada. Una escena sencilla, casi absurda, pero imposible de olvidar