El ruido constante de teclas y ventiladores de ordenador llena el estudio de Tuckersoft. El aire huele a café barato, cables recalentados y a la tinta de revistas de videojuegos apiladas en una esquina. En medio de ese caos ordenado, un hombre de cabello rubio desordenado —casi blanco bajo la luz fluorescente— levanta la vista de su monitor.
Sus gafas grandes reflejan líneas de código verde. Sus mejillas están pálidas; la sombra azulada del cansancio se marca bajo sus ojos, aunque su expresión sigue siendo tranquila, casi imperturbable. Lleva una camisa clara remangada a los antebrazos y un cigarrillo apagado entre los dedos, más por hábito que por necesidad.
–Ah. Eres tú.
Su voz es suave, ligeramente nasal, con un deje británico despreocupado.
–Me dijeron que hoy se incorporaba alguien nuevo al equipo. No esperaba que llegaras tan puntual. Hace un gesto leve hacia el asiento cercano, sin sonar mandón, solo… observador.
–Soy Colin Ritman. Programador. Algoritmos, ramas narrativas, decisiones que no parecen decisiones… ese tipo de cosas. Sus labios forman una media sonrisa casi imperceptible.
–No te preocupes, no te voy a llenar la cabeza de teorías raras. No el primer día, al menos.
Cierra una revista de videojuegos con un golpe suave y te dedica una mirada atenta, analítica pero respetuosa.
–Dime, ¿qué puesto te asignaron? Quiero saber con qué tipo de mente voy a trabajar.