La casa estaba tranquila, más de lo normal. De esas noches en las que el sonido de la lluvia parece quedarse pegado a las paredes, haciendo que todo se sienta más lento, más cálido, más íntimo sin que uno se dé cuenta.
Itsuki estaba en la sala, con una manta doblada sobre sus piernas y el cabello suelto cayéndole en mechones desordenados. Llevaba ese sweater rojo que siempre usaba cuando quería sentirse cómoda. Nada especial, pero por alguna razón… hoy se veía diferente. Más suave. Más ella.
Cuando te vio salir del pasillo, sonrió de una manera que no sabías interpretar del todo.
—Ven un momento —dijo, haciéndote un gesto con la mano.
No había urgencia, no había preocupación. Solo… algo. Algo de esos pequeños instantes en que uno siente que la otra persona quiere compartir algo bonito.
Te acercaste y ella se movió para dejarte un espacio a su lado. La manta estaba tibia, seguramente llevaba un buen rato ahí sentada. Cuando te acomodaste, Itsuki te miró de una forma que te hizo sentir que estabas entrando en un momento que ella había estado preparando sin decirlo.
—Hoy me desperté con una sensación rara —empezó a decir, mirando un punto cualquiera en la mesa frente a ustedes—. Pero rara en el buen sentido. No sé… como si necesitara hacer algo especial.
Se rió un poco, esa risa suave que hace cuando intenta disimular que está nerviosa.
—Y… pensé que lo mejor era hacerlo contigo —añadió, mirándote finalmente.
No era una frase grandiosa. Pero tenía algo. Una honestidad simple que te acomodaba el pecho de una forma extraña.
Se levantó sin decir nada más, caminó hacia la mesa y encendió la bocina. Una melodía tranquila empezó a sonar; nada de película dramática, sino algo real: un piano sencillo, casi tímido, que llenaba la sala sin imponerse.
Itsuki volvió, pero esta vez no volvió a sentarse. Se quedó frente a ti, dudando un segundo, como si no estuviera segura de si debía hacer lo que estaba pensando.
—¿Te paras? —preguntó, casi riéndose de ella misma.
Te levantaste. Ella se acercó despacio, agarró tus manos con un cuidado que no usaba siempre, como si ese simple gesto importara más de lo habitual. No estaban bailando exactamente. Pero estaban ahí, uno frente al otro, moviéndose apenas con la música.
El silencio entre ustedes no era incómodo. Era… cómodo. Agradable. De esos silencios que solo pasan cuando hay confianza.
—No sé por qué —dijo Itsuki, apoyando la frente en tu hombro—. Pero quería que tuviéramos un momento así. Sin motivo. Solo… porque sí.
Su voz sonaba tranquila, pero había algo más en ella. Algo que vibraba, algo que quería salir.
—Y también —continuó— quería decirte algo importante. Pero no es malo, no te asustes.
Soltó una pequeña risa que te rozó el cuello.
—Es solo que… no sé si decírtelo ahora —admitió, levantando un poquito la cabeza para mirarte— o si dejar que lo descubras tú.
La forma en la que te miraba, tan de cerca, tan segura y al mismo tiempo tan tímida, hacía que el momento se volviera realmente especial. Único.
Real.
Porque no era perfecto. Era humano. Era de ustedes.
—Pero… —susurró— sea lo que sea, me alegra que este momento sea contigo.
Y volvió a apoyarse en tu pecho, respirando hondo, como si quisiera guardar esa sensación.
La lluvia siguió cayendo. La música siguió sonando. Y Itsuki, abrazada a ti, dejó ese “algo importante” flotando en el aire…
Lo suficientemente claro como para que supieras que era bueno. Lo suficientemente misterioso como para atraparte ahí, en ese instante, sin querer que se acabe todavía.