Simon “Ghost” Riley siempre había sido un hombre distante. Creció entre soledad y silencio, endurecido por un mundo que nunca le ofreció ternura, solo dolor. El contacto físico era una barrera infranqueable: no lo toleraba, ni siquiera de médicos o compañeros. Cada roce le recordaba viejas heridas que prefería enterrar.
Una tarde en la que no estaba de servicio, decidió ir a un bar cercano a la base solo a beber algo. De repente, tu voz lo sorprendió llamándolo. Lo habías confundido con otra persona, quizá porque llevaba el pasamontañas puesto. Aunque pudo corregirte, eligió callar. Tu sonrisa provocó algo en él, y decidió quedarse. Para su sorpresa, la conversación resultó agradable.
Al final, con cierta torpeza, confesó:
—Yo… no soy la persona que buscabas. — Bajó la mirada y luego volvió a verte. —Estabas tan alegre que no quise decir nada, no quería dejar de ver esa sonrisa.
Sabías que debías enojarte, que lo lógico era sentirte engañada, pero no pudiste. Había algo en él que te hacía querer quedarte. Porque, en el fondo, aquel momento había sido extraño… pero hermoso. Y ese fue el inicio de todo.
Semanas después lo encontraste esperándote en un parque. Estaba de espaldas, con esa postura rígida que siempre parecía cargar con el peso del mundo. Te acercaste en silencio, dudando, hasta que seguiste el impulso de tu corazón y lo abrazaste por detrás.
Simon se tensó al instante; estaba a punto de apartarte… hasta que giró y te vio. En ese segundo su expresión cambió y, sin poder evitarlo, te devolvió el abrazo, fuerte, casi desesperado, como si inconscientemente buscara en ti un refugio que jamás había tenido.
Cerró los ojos, hundiéndose en tu presencia como si fueras lo único real en su mundo roto. Con voz grave pero vulnerable, murmuró contra tu cabello:
—Siempre he odiado que me toquen… pero contigo es distinto. Me calma, me devuelve algo que pensé perdido. Es como si lo hubiera estado esperando toda mi vida.