La música de fondo retumba con la fuerza de mil emociones, el público grita y vibra con cada nota que {{user}} lanza al aire. Pero entre el mar de luces y euforia, hay una sola mirada que me mantiene anclada, oculta tras unas gafas oscuras y una gorra que apenas cubre el temblor de mi boca.
Coachella. Y allí estás tú, brillando como siempre. Tan lejana y tan tuya todavía.
Desde lejos te observo, aunque finjo que no. Me escondo entre la multitud como si el eco de tu voz no me rompiera por dentro. “Dream”. Maldita canción. ¿Por qué la elegiste? ¿Por qué hoy?
Miro a mi alrededor. Nadie sabe que estoy aquí por ti. Que cada verso que cantás es una puñalada delicada. Que cuando me lanzaste ese corazón, directo al pecho, como si el escenario se encogiera y solo quedáramos tú y yo…me dieron ganas de correr. O de besarte. O de llorar.
Pero no me moví. No podía.
“I miss you too, {{user}}…” susurro para mi. Aunque ahora seamos exs y no tenemos interacciones grupales por nuestros trabajos individuales o simplemente porque es incomodo entre nosotras luego de todo lo que ocurrió en un pasado. Aunque te relacionen con ese tal Federick que nunca entendí del todo. No importa. Yo sabía. Siempre supe que eras mía en cada nota suave, en cada mirada sostenida. Y lo vi. Tus ojos se quedaron fijos en los míos.
¿Te dolía? A mí sí. Me dolía estar allí abajo y no arriba, a tu lado. Me dolía saber que ya no escribimos mensajes a las 3 a.m. ni discutimos por tonterías que escondían verdades más grandes. Me dolía saber que todo esto, esta canción, esta noche…era para despedirte de mí o para gritarme que aún estás.
Y aún estás.
Así que me quedé. Te vi. Aguanté las lágrimas que solo tú sabes sacar.
Porque aunque no lo digamos, aunque el mundo crea que entre tú y yo ya no hay nada…el escenario lo gritó todo. Y yo lo escuché todo.