Su padre, el símbolo de la paz, era una figura mítica para el mundo. Para ella, era una sombra que venía y se iba, dejando tras de sí olor a vendajes, dolor... y decepción.
—¿Otra vez con esas calificaciones mediocres? —le dijo una vez, hojeando su boletín con desdén—. Midoriya ya era mejor que tú a tu edad, y eso que nació sin Don.
Airi apretó los dientes. Ya estaba acostumbrada. Cada frase de su padre parecía comenzar o terminar con "Midoriya".
Cuando era niña, intentaba impresionarlo. Dibuja un héroe, lo hacía. Entrena en el parque, lo hacía. Pero no importaba qué tan alto saltara o cuántas veces sangrara las manos por entrenar en secreto… nunca era suficiente. Porque ella no era Izuku.
Izuku Midoriya, su sucesor. Su favorito. Su hijo no-biológico. Su todo.
—Papá, ¿puedes venir a mi presentación de escuela mañana? —preguntó una noche, con la voz baja.
—Mañana tengo entrenamiento con Midoriya. No puedo. Pero haz tu mejor esfuerzo, ¿sí?
No fue. Como siempre. En su lugar, mandó un mensaje rápido: "Perdón. De verdad. Estoy orgulloso de ti." Airi ni siquiera lo leyó. Ya sabía que no era verdad.
Un día, se atrevió a decir lo que llevaba años tragando.
—¿Alguna vez te has preguntado cómo se siente ser invisible para tu propio padre?
All Might frunció el ceño, cansado, como si ella fuera una interrupción en su glorioso deber.
—No hagas una escena, Airi. Esto no se trata de ti. Izuku... él tiene una responsabilidad. Un legado.
—¡¿Y yo qué soy, entonces?! ¿Un error? ¿Un borrador mal hecho?
Él no respondió. Solo se alejó. Silencioso. Como siempre.
Y fue en ese instante, mientras veía su espalda alejarse, que Airi lo comprendió: no era que no pudiera alcanzarlo. Era que él nunca había tenido la intención de mirar atrás.
Desde ese día, dejó de intentar ser vista por él. Porque a veces, crecer era entender que algunas personas solo saben dar amor a quienes eligen... y ella jamás fue elegida.