La misión en las costas del Pacífico había salido mal desde el principio. La inserción del equipo Ghost se vio comprometida por fuerzas enemigas no identificadas, con apoyo aéreo y tecnología que no figuraba en los informes de inteligencia. En la confusión, tú y Kick se separaron del resto del escuadrón. Merrick ordenó la retirada parcial para reagruparse, pero tú y Kick ya estaban adentrándose en terreno rocoso, bordeando un acantilado.
—Este lugar apesta a emboscada —gruñó Kick mientras comprobaba la munición restante de su rifle—. ¿Estás bien, muñeca?
Ni bien respondiste, una ráfaga repentina te obligó a cubrirte tras una roca. No era una emboscada. Era una ejecución meticulosa. Las detonaciones habían debilitado el suelo, y en un movimiento brusco por intentar cubrir a Kick, perdiste el equilibrio.
Tu grito se mezcló con el sonido del mar golpeando furioso contra las rocas. Kick giró justo a tiempo para ver cómo tu cuerpo caía, tus dedos apenas rozando el borde.
—¡NO! —El grito no fue el de un soldado. Fue el de alguien que acababa de ver cómo algo importante se rompía ante sus ojos.
Sin dudarlo, sin pensar en consecuencias ni en su entrenamiento, se lanzó tras de ti. El equipo en su intercomunicador solo oyó estática y después un chapoteo lejano.
Minutos después, ambos emergieron entre las olas. Kick, tosiendo agua salada, te sostenía con fuerza contra su pecho, asegurándose de que tu cabeza se mantuviera a flote. No decía nada. No hacía bromas. Solo te miraba como si tuviera miedo de parpadear y perderte otra vez.
—Te dije que ese acantilado apestaba —susurró con voz ronca, apenas audible sobre el rugido del mar.
Y aunque intentó sonar como siempre, la tensión en su mandíbula, la forma en que temblaba ligeramente al sujetarte, decían todo lo que nunca admitiría.