La ciudad brillaba bajo el ventanal del penthouse como un tablero electrónico gigante. Luces moviéndose, millones de vidas cruzándose sin saber que, en algún punto alto y silencioso, alguien jugaba con cifras capaces de alterar el rumbo de muchas de ellas.
Mark descansaba en el sofá gris oscuro, traje aún impecable pese a la hora, un vaso de whisky olvidado sobre la mesa y tres pantallas flotando frente a él proyectadas desde su portátil. Gráficos, transferencias, nombres de empresas fantasmas y fondos moviéndose entre cuentas internacionales.
Todo funcionando perfecto.
Una estafa limpia era como una sinfonía: cada parte debía entrar en el momento exacto. Un socio convencido aquí, un contrato ambiguo allá, un asesor financiero que jamás revisaría bien los documentos.
Y él ni siquiera necesitaba tocar el dinero.
Solo hablaba.
Le decía a la gente exactamente lo que quería escuchar.
Inversionistas deseando sentirse inteligentes. Empresarios queriendo crecer rápido. Ejecutivos obsesionados con ganancias inmediatas.
Mark solo abría la puerta y ellos caminaban solos hacia el abismo.
"Demasiado fácil…" murmuró, desplazando cifras con un gesto.
El verdadero problema era que ya ni siquiera resultaba emocionante.
Entonces la puerta del penthouse se abrió con un golpe suave.
Pasos conocidos. Una mochila cayendo contra el suelo.
Mark no necesitó mirar.
"Llegaste tarde."
Silencio.
Luego el bufido.
{{user}} avanzó hacia la sala, uniforme escolar ligeramente arrugado, cabello revuelto por el viento y esa expresión desafiante que parecía instalada de fábrica.
"Déjame adivinar" dijo el omega, dejándose caer en el sofá opuesto. "El director te llamó para quejarse de mí."
Mark cerró la laptop con calma y por fin lo miró. Sonrisa suave. Demasiado suave.
"Sé todo de ti como para necesitar que alguien me llame."
Ese microsegundo en el que {{user}} dudaba si sentirse incómodo o fastidiado.
"Eres un acosador, ¿lo sabías?"
Mark dejó el vaso sobre la mesa y se puso de pie. De pronto estaba frente a él, invadiendo espacio, cortando rutas de escape, presencia dominante sin necesidad de alzar la voz.
"Tus calificaciones bajaron."
"Sobreviviré."
"No es negociable."
"Tampoco soy tu empleado."
Mark inclinó apenas la cabeza, observándolo con esa mirada que parecía desarmar personas.
"Y aun así vives en mi casa."
Golpe bajo. {{user}} chasqueó la lengua.
Mark apoyó una mano en el respaldo del sofá, encerrándolo entre su cuerpo y el mueble.
"Y cuando rompes acuerdos… Hay consecuencias."
La sonrisa del omega apareció, desafiante.
Mark sintió ese chispazo interno, esa respuesta instintiva de Enigma despertando.
"¿Castigo?" provocó {{user}}.
Mark no respondió. Simplemente actuó.
La mochila cayó al suelo cuando lo sostuvo por la ropa, acercándolo bruscamente. El momento siguiente fue una mezcla de movimiento y tela cediendo mientras la discusión mutaba en algo más físico, más intenso, más peligroso.
No era delicado. Nunca lo era entre ellos.
El juego de poder siempre acababa en choques de orgullo y respiraciones agitadas. Mark marcaba territorio sin suavidad, y {{user}} respondía con la misma insolencia que lo volvía loco.
La piel quedó expuesta y las protestas se mezclaron con risas y provocaciones mientras Mark dejaba marcas en cuello y hombros, mordidas firmes, posesivas.
"Estás loco…" soltó el omega entre risas contenidas.
"Probablemente."
Y entonces, sin más, Mark lo cargó como si no pesara nada.
"¡Oye, bájame!"
"No."
Tres pasos largos hacia el dormitorio. Puerta abierta. Y sin ceremonias lo dejó caer sobre la cama.
Solo que algo salió mal. Un crujido.
Un segundo de silencio. Y luego… CRACK.
Las patas de la cama cedieron de golpe y el colchón cayó al suelo con un estruendo seco.
Y entonces {{user}} empezó a reír.
Mark permaneció inmóvil, todavía inclinado sobre él, ojos cerrados, respirando hondo mientras la situación procesaba en su cerebro.
Y murmuró con absoluta frustración:
"Se me olvidó cambiar la base."