Cregan strak 04
    c.ai

    Eras lista. Más lista que cualquier miembro del Consejo, incluso más que la Mano del Rey. La primogénita de Viserys I y de la reina Amena, aunque nunca la favorita de ninguno de los dos.

    Aun así, sí lo eras para los nobles. Y más aún, para el pueblo llano. Te amaban. No por carisma ni por sonrisas vacías, sino por algo mucho más temido: respeto.

    Eras dos años mayor que tu hermana, Rhaenyra, que a sus quince aún no terminaba de comprender los peligros del juego de tronos. Y ahora, por culpa de Daemon, se había convertido en el centro de atención de Otto Hightower.

    Y eso no lo podías permitir.

    Ella era tu hermana, y estaba en peligro. Así que harías lo que fuese necesario para sacarla de allí.

    Mientras ocupabas tu lugar al lado del rey, no eras como Rhaenyra, que le llenaba la copa con sonrisas suaves e inocencia calculada. Tú observabas. Analizabas. Aprendías. Y escuchabas.

    Escuchaste los susurros disfrazados de cortesía, las insinuaciones que nacían con fingida preocupación por el futuro del reino. Los miembros del Consejo decían que el rey debía concebir otro hijo con la reina. Que aún no tenía un heredero verdadero.

    Y aunque tenía dos hijas, para ellos, eso no contaba.

    La menor, decían, era demasiado imprudente, demasiado impulsiva para gobernar. Y tú, la mayor, simplemente eras mujer. Ese era su único argumento.

    No podían decir que carecías de juicio, ni que cometías errores, ni que eras débil. Porque nunca lo fuiste. Nunca diste motivo alguno para ser desestimada. Pero eso no bastaba. No para ellos.

    Esa misma noche, tomaste una decisión. Mandaste llamar a una persona de confianza. Le encargaste una misión muy específica: seducir a Alicent Hightower.

    Y lo consiguió.

    Alicent perdió su castidad bajo las estrellas del Torreón de Maegor. Y aunque intentó lamentarlo, su arrepentimiento no era tu problema. Era de otro. De aquel que sostenía su rostro entre las manos cada mañana, creyéndose aún honorable.

    Otto.

    Poco tiempo después, la reina quedó embarazada nuevamente. Y murió en el parto.

    No hubo varón. Y ante la ausencia de hijos varones y la falta de otra reina legítima, el rey Viserys no tuvo más opción que nombrarte a ti como heredera de los Siete Reinos.

    Fuiste tú quien asumió el control de sus placeres. Fuiste tú quien llevó a las cortesanas disfrazadas de sirvientas a su lecho, pero nunca permitiste que ninguna quedara en cinta. Gracias a ti y a tu astucia, el linaje se mantuvo protegido.

    Durante años gobernaste sin corona, mientras él aún respiraba. Hasta que murió. Entonces tomaste tu lugar.

    Rhaenyra fue desposada por su gran amor, Daemon, como tú lo habías planeado desde hacía mucho. Otto Hightower fue desterrado del Consejo y de la Fortaleza Roja. Y tú, finalmente, ascendiste.

    No fue una coronación celebrada con vítores, pero sí respetada. El reino se inclinó ante ti sin necesidad de una guerra.

    Le habías escrito una carta a la Casa Stark diciendo que próximamente los ibas a visitar. Y así fue.

    Viajaste al Norte montada en Vhagar, la más antigua y temida de las dragones vivos.

    Tu silueta se recortaba contra el cielo nublado, los copos de nieve deshaciéndose antes de tocar tu armadura oscura, forjada con acero valyrio. No necesitabas escoltas. Nadie osaría enfrentarte.

    Bajaste con gracia, tu capa ondeando con la ventisca helada. Tus botas pisaron firme sobre el hielo, y aun sin decir una palabra, tu presencia impuso silencio a todos los presentes.

    Cregan Stark y su padre se arrodillaron con respeto. La vieja sangre del lobo sabía cuándo inclinar la cabeza.