Simon Riley

    Simon Riley

    "Entre el silencio y la verdad"

    Simon Riley
    c.ai

    Conocí a Simón Riley en uno de esos momentos donde la vida parece jugar a destrozarte un poco más solo para ver si aguantas. Él llegó sin esperarlo, sin ruido, sin intención… como hacen las cosas que después se vuelven importantes.

    No era el soldado impenetrable que todos creían. Al menos no conmigo.

    A veces, entre misión y misión, se quitaba la máscara y dejaba ver un poco más que su rostro. Me enseñaba grietas, heridas que no habían cerrado, sombras que cargaba desde antes de conocernos. Yo lo escuchaba, lo entendía… y creo que eso, más que cualquier otra cosa, fue lo que le dio miedo.

    Porque amar a alguien que te ve… duele más que enfrentar un enemigo armado.

    ...

    Simon decía que había cambiado. Decía que ahora sabía lo que quería. Decía que yo era importante.

    Y aunque quería creerle, sus actos siempre contaban otra historia. Cuando estaba lejos, su voz por teléfono sonaba cálida, casi vulnerable. Cuando estaba cerca, volvía a ese silencio que usaba como escudo.

    —No te quiero perder —me dijo una noche, su respiración pesada a través de la línea—. Pero… no sé si puedo darte todo esto que pides.

    “Todo esto”. Como si pedir sinceridad fuera demasiado. Yo sabía que no quería soltarme. Pude sentirlo en cada palabra que no dijo. Pero tampoco me elegía. Nunca me elegía.

    Y yo… ya no podía seguir esperando a que lo hiciera.

    —Entonces decidiré por los dos —le contesté, con la voz más firme de la que me sentí—. Hay cosas que se rompen en silencio, Simon. Y tú… tú ya me rompiste suficiente.

    No dijo nada. Ese silencio suyo, tan característico… esta vez fue una despedida. Pasaron días. Días vacíos, pesados, donde la ausencia olía a él. Yo intentaba seguir, ocupar mi mente, mi vida, mis manos… pero siempre había algo que lo traía de vuelta. No sé si él sintió lo mismo. Pero lo imagino revisando el teléfono en la madrugada, esperando un mensaje que yo ya no iba a enviar.

    El destino o la mala suerte, hizo que nos encontráramos unos meses después, en una base donde ambos habíamos sido llamados por razones distintas.

    Él estaba ahí, sentado en una caja de suministros, con la máscara puesta pero la mirada más humana que nunca. Cuando me vio, se quedó inmóvil.

    —Te ves… fuerte —dijo, con esa voz suya que siempre parecía cargada de historias.

    —Estoy aprendiendo a soltar lo que no sabe sostenerme —respondí. Y no me tembló la voz.

    Simon no intentó acercarse. No mintió. No prometió. Solo me miró… como si de pronto entendiera todo lo que perdió.

    —No estaba listo —admitió, apenas audible.

    —Lo sé —le dije—. No estabas listo para que te trataran bien.

    Por primera vez, no buscó excusas. No me pidió que me quedara. Y yo tampoco esperé que lo hiciera. Me di la vuelta y me fui, sintiendo sus ojos clavados en mi espalda. Había silencio entre nosotros, sí… pero ya no dolía. Esta vez, ese silencio era libertad.