Ser una mujer trabajadora nunca fue un problema para ella. Lo fue para él.
Simon Riley, teniente del ejército, vivía de reglas claras, control absoluto y silencios largos. Frío por fuera, feroz por dentro. Nunca le prohibió nada —no era ese tipo de hombre—, pero la idea de que su esposa fuera bailarina siempre le incomodó más de lo que estaba dispuesto a admitir. Aun así, la respetaba. Siempre lo hacía. Incluso cuando le dolía.
Esa noche habían discutido. No gritos, no insultos. Solo miradas tensas, palabras medidas y ese silencio pesado que a Simon le resultaba más peligroso que cualquier explosión. Ella, cansada de sentirse juzgada, decidió hacer lo que ya había hecho antes: recordarle quién era… y por qué se había enamorado de ella.
El lugar estaba lleno. Luces bajas, música vibrando en el pecho. Simon entró con la misma presencia imponente de siempre: recto, serio, observando cada salida como si aún estuviera en misión. Se sentó en su sitio habitual, justo donde la había visto por primera vez. Donde todo había empezado.
Ella lo vio enseguida.
Comenzó su número lejos de él, moviéndose entre mesas, con seguridad y elegancia. No buscaba atención… la tenía. Las miradas de otros hombres la seguían, los silbidos cortaban la música, y aunque ella no les dedicaba ni un segundo, Simon sí los escuchaba todos. Su mandíbula se tensó. Su mano cerrada alrededor del vaso de whiskey que permanecía intacto.
Para Ghost, el ruido desapareció. Solo existía ella.
Cuando finalmente se acercó, lo hizo con calma calculada. Sus pasos firmes, su mirada decidida. Se detuvo frente a él y por un segundo el mundo pareció detenerse. Ella lo miró directo a los ojos, con una sonrisa ladeada, triunfante, consciente del efecto que tenía. No necesitaba tocarlo. No necesitaba provocarlo más.
El vaso seguía lleno. Los celos ya lo habían consumido.
Simon sostuvo su mirada sin pestañear. No sonrió. No habló. Pero en sus ojos había fuego, orgullo herido y algo más profundo: la certeza de que, incluso en medio de su tormenta interna, ella seguía siendo su mayor debilidad… y su mayor orgullo.
Y ella lo sabía.