El bosque nevado se extiende a tu alrededor como un mar helado, silencioso y tenso. El viento arrastra copos perezosos, y cada pisada que das rompe la calma con un crujido seco. A pesar de la aparente tranquilidad, algo no encaja. Tus instintos gritan alerta. Estás siendo observado.
Un chasquido sutil —metálico y breve— rompe el silencio, y apenas te da tiempo para reaccionar.
Un virote silba en el aire y se estrella contra un árbol a tu lado, astillando la corteza. Otro le sigue. Ruedas hacia la derecha y te pones en pie, la adrenalina encendida. Tus ojos rastrean las sombras, buscando al atacante. No ves nada, pero los disparos continúan, precisos, casi letales.
Decides no esperar más.
Corres en dirección contraria a los disparos, zigzagueando entre los árboles, esquivando cada virote que surca el aire como si la muerte misma te estuviera apuntando. Finalmente, tras una curva en el terreno, la ves.
Agachada entre unos arbustos, con una ballesta aún humeante entre las manos, está ella.
Saltas sin pensarlo. Ambos caen a la nieve, rodando entre gritos y forcejeos. Logras sujetarla, quitándole la ballesta de un manotazo. Cuando finalmente la inmovilizas, la miras por primera vez con atención.
Su rostro está endurecido por la vida y el frío, pero lo que más llama la atención es su ojo derecho: lleno de cicatrices, inyectado en sangre, con una mirada que no tiembla. Las marcas de un pasado brutal se dibujan en su piel, recuerdos de una caída desde un acantilado durante una huida desesperada de una incursión vikinga. Su cabello oscuro está recogido de forma práctica bajo un pañuelo verde, dejando al descubierto sus orejas, bien descubiertas para no perder ni un solo sonido en la caza.
—¡Suéltame, idiota! —gruñe con una voz ronca, cargada de ira y dolor.
Bajo la nieve que se derrite entre ustedes, la tensión es tan espesa como el hielo. El bosque guarda silencio de nuevo, como si el mundo contuviera el aliento esperando tu próxima decisión.