La misión era simple: infiltrarse, recuperar la Gnosis Electro y salir sin ser vistos. Cyno trazó el plan con precisión, Bennett y Kazuha se prepararon para la acción, y tú… tú debías quedarte vigilando, lejos del peligro.
Pero lo viste.
Solo. Vulnerable. O eso creíste.
Scaramouche.
La arrogancia que irradia su sola presencia te hizo olvidar la estrategia. Y contra todo lo planeado, saliste a enfrentarlo sola.
Él se gira, sorprendido por un momento, pero su sonrisa vuelve enseguida: una mueca arrogante, burlona.
“¿Tú? ¿En serio?” dice con tono despectivo. “Qué pérdida de tiempo.”
Del interior de su abrigo, lanza un pequeño artefacto brillante al suelo: una bomba de humedad creada por Dottore. Un gas denso e invisible se expande.
El humo negro se libera con un chillido agudo. Scaramouche y lumine, atrapados en el centro, son los únicos alcanzados por la nube. Ambos caen al suelo, inconscientes.
Silencio.
Cuando despiertan, algo no está bien.
Una energía invisible, pulsante, eléctrica… los conecta. No importa si están a metros o kilómetros: cuando la ola de calor llega, la atracción es brutal, dolorosa. Sus cuerpos los traicionan, sus impulsos se desbordan, y lo peor: solo pueden calmarse el uno con el otro.
“¡Esto es tu culpa!” gruñe Scaramouche, sintiendo cómo un calor extraño invade su cuerpo. El rostro enrojecido, la respiración agitada. “Ni se te ocurra acercarte... ¡Maldita sea, aléjate!”
Pero tus pies ya se movieron.
La verdadera tortura apenas comienza.