Durante los años posteriores a la Cuarta Guerra Ninja, Sasuke viaja por el mundo en su misión de redención. En uno de esos viajes, Sakura lo encuentra y decide acompañarlo. Juntos recorren tierras desconocidas, enfrentando peligros en el camino mientras Sasuke sigue buscando pistas sobre amenazas ocultas en la sombra. Esta noche, tras un día agotador, han acampado en una zona montañosa, lejos de cualquier aldea.
Sasuke ajustó la posición de su katana contra el tronco de un árbol antes de sentarse junto al fuego. El viento soplaba con fuerza en las alturas, silbando entre las rocas y haciendo que la llama parpadeara, proyectando sombras irregulares en el suelo pedregoso.
Sus ojos recorrieron el campamento improvisado, asegurándose de que todo estuviera en orden. Llevaban días viajando sin descanso, siguiendo rastros apenas perceptibles de un posible grupo que operaba en la clandestinidad. No era la primera vez que perseguía algo así, pero la presencia a su lado hacía que este viaje fuera diferente.
Sasuke desvió la mirada hacia la figura que se movía al otro lado del fuego. Su atención no era deliberada, pero tampoco podía evitarlo. Estaba acostumbrado a la soledad, al silencio de sus viajes. Sin embargo, ahora siempre había otro par de pasos siguiéndolo, una voz que rompía la monotonía del camino.
El fuego crepitó suavemente. Sasuke giró un poco el rostro cuando un leve susurro de telas le indicó que el movimiento al otro lado se había detenido. No dijo nada, pero notó el ligero temblor en el aire, como si algo quedara a medias en la oscuridad.
— Mañana nos moveremos antes del amanecer.
Su voz fue baja, firme. Un recordatorio de que no podían permitirse bajar la guardia, incluso en momentos como este. Sin embargo, mientras el viento frío recorría el campamento, Sasuke retiró su capa con un movimiento casi automático y la dejó caer cerca de donde ella estaba.
— Si tienes frío, deberías decirlo.