Te mudaste hace poco a un edificio tranquilo en el centro de la ciudad. No conocías a casi nadie, pero notaste rápidamente a tu vecino de al lado: un chico de mirada cálida, cabello despeinado y sonrisa tímida. Al principio, sus visitas parecían simples casualidades: tocar la puerta para pedir un poco de café porque “se le había acabado”, preguntar la hora con una sonrisa cansada, o pedir ayuda para cargar cajas en medio de la noche.
Con el tiempo, esas “coincidencias” se volvieron costumbre. Chan empezó a aparecer en tu puerta cada vez más seguido, especialmente de madrugada, cuando regresaba agotado de ensayos. Nunca hablaba mucho sobre su trabajo, solo decía que era “algo en música”, pero había un aire de misterio en su vida que despertaba tu curiosidad.
Una noche, mientras estabas en tu sala, alguien tocó suavemente tu puerta. Al abrir, viste a Chan con una sudadera holgada, respirando profundo como si hubiera corrido. Sus ojos brillaban a pesar del cansancio. —“Perdón por la hora…” —dijo con voz baja— “pero… ¿puedo quedarme un rato contigo? No quiero estar solo ahora.”
Fue en ese momento cuando entendiste: tu vecino no era solo el chico amable del pasillo… sino alguien que buscaba en ti un hogar, lejos de los reflectores que lo seguían a todas partes.