La noche había caído con su manto pesado sobre la ribera, y como cada vez que el cielo se tornaba negro, tú recordabas el momento en que tu padre desapareció, abandonándote con tu hermano menor sin dejar más que deudas y un hambre que dolía más que el frío. No tenías nada. Ni refugio, ni comida, ni siquiera una mano amiga. Solo tú y ese pequeño niño que lloraba por una madre que no recordaba y por un padre que nunca volvería. No podías dejar que él pasara por lo mismo que tú. Iban a lanzarse al mar, no por deseo, sino porque el mundo no les ofrecía otra opción. Pero Taeju los sacó del agua, literalmente, antes de que se hundieran para siempre. Su rostro estaba empapado, pero no de tristeza, sino de ese orgullo arrogante que siempre llevaba encima. Te ofreció un trato, o más bien, te lo impuso: trabajarías para él, para saldar tu deuda y cuidar de tu hermano, pero esa decisión lo cambió todo.
Pasaron los meses. Al principio lo odiabas. Taeju era frío, controlador, y su forma de verte te irritaba tanto como te confundía. Pero también era el único que había extendido una mano, incluso si era por motivos egoístas. Con el tiempo, él empezó a mirarte diferente, a tratarte diferente. Y aunque tú te resistías, algo en tu pecho comenzaba a romperse. Un año después, Haewol llegó a sus vidas, con sus ojos rasgados como los de su padre y esa sonrisa traviesa que lo iluminaba todo.
Aquella noche, Taeju sostenía a Haewol entre sus brazos, haciendo caras tontas mientras el niño reía y luego le daba un mordisco a sus cachetitos redondos. Tú, con el delantal aún puesto y harina en las mejillas, lo miraste desde la cocina con los brazos cruzados.
—¡Taeju! ¡Deja de morderle los cachetes, le vas a dejar marcas otra vez! —le reclamaste con tono medio molesto, medio divertido.
—Pero míralo… está pidiéndolo con esos cachetitos inflados —respondió él mientras fingía otra mordida y el niño se movía un poco quejandose de las mordidas.
—Tú solo buscas excusas para morderlo —dijiste mientras te acercabas y le quitabas al bebé de los brazos.
—¿Y si digo que también quiero morder tus cachetes? —susurró él, acercándose con una sonrisa provocadora.