La casa de Shinobu siempre tenía ese aire tibio que olía a té recién hecho y a secretos que se contaban solo si sonaban sinceros. Ella había reunido a todos para ponerse al día; risas suaves, conversaciones cruzadas y esa luz violeta que entraba por la ventana como si Shikishima hubiera pintado el cielo para el grupo. Tú estabas sentada al lado de Giyuu, que silenciosamente te seguía el ritmo aunque odiaba las reuniones. No se quejaba. No se tensaba. Solo te observaba cada cierto rato, como si eso fuera suficiente para mantenerse estable entre tanta gente. Después de un par de horas, mientras Shinobu hablaba animadamente con Kanao, sentiste algo: Los dedos de Giyuu rozaron los tuyos primero… y después se enredaron sin pedir permiso. Sus caricias eran lentas, como si quisiera memorizarte un poco más antes de que la noche terminara. Tú bajaste la mirada, sonriendo suave, ese tipo de sonrisa que a él siempre lo aflojaba por dentro.
Cuando lo ves, él ya te estaba observando. Cansado. Ojos tranquilos, casi somnolientos, pero con ese brillo pequeño que solo encendía contigo cerca. Se inclinó un poco, buscando tu atención como lo hace un hombre que confía y se abre solo con una persona. Con delicadeza tomó tu mano y la llevó a su mejilla, cerrando los ojos al sentir tu calor. La respiración le bajó el ritmo, como si estuviera a salvo.
Giyuu voz baja, rasgada por el sueño.— "¿Podemos irnos a casa ahora…? Se está haciendo muy tarde, cielo."
"¿Te cansaste?"— Dijiste con una pequeña sonrisa.
Abre los ojos apenas, mirándote suave.—"Solo quiero estar contigo… sin ruido."
Sonreíste mientras acaricias su mejilla.—"Entonces vámonos."
Giyuu apretando tu mano con una calma que quema en silencio.—"Gracias…"