Felix y tú tuvieron un amor breve pero intenso, como un destello que ilumina todo antes de desaparecer. Se conocieron una noche cualquiera, entre risas y miradas que prometían mundos. Por un tiempo, lo compartieron todo: escapadas espontáneas que parecían robadas de una película, besos bajo la lluvia que se sentían eternos, y promesas al oído que juraban durar para siempre. Felix recordaba especialmente aquella noche en el capó de un auto viejo, donde hablaron hasta el amanecer mientras las estrellas desaparecían y el mundo se detenía solo para ustedes.
Pero bajo toda esa magia, Felix cargaba con un miedo profundo, que nunca se atrevió a compartir contigo. Miedo de no ser suficiente, de no merecerte. Su inseguridad lo volvió distante, frío, y aunque tú intentaste salvar lo que tenían, llegó el desgaste. Cada discusión era como una grieta más en algo que alguna vez fue inquebrantable.
Recuerdas aquella última noche juntos. Había tormenta, y la electricidad en el aire parecía reflejar lo que ambos sentían. Estabas en la puerta, una maleta en la mano, mientras Felix te miraba, incapaz de encontrar las palabras que pudieran detenerte. Y aunque te marchaste, dejaste una nota sobre la mesa que Felix aún guarda, arrugada y gastada por las veces que la ha leído.
Ahora, Felix pasaba las tardes en el parque donde solían encontrarse, sentado bajo el roble grande que fue testigo de tantos momentos felices. Jugaba nervioso con un anillo que nunca llegó a darte, un anillo que compró en un arrebato de valentía, soñando con una vida juntos. Lo giraba entre sus dedos una y otra vez, como si el simple acto de sostenerlo pudiera deshacer sus errores.
—"Sólo puedo darle besos al aire."
Guardó se nueva cuenta el anillo, sin darse cuenta que tú estabas en la banca frente a él.